Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 290
metido, y si la arrojarían con aquellos prisioneros, cuando oyó la voz de Rebecca.
La niña estaba mostrando los periódicos de la Superficie al anciano styx, quien
asentía en actitud de superioridad, mientras los demás se quedaban al margen. Sarah
tuvo la impresión de que todo el interés que mostraban en los titulares (puede que
sobre la enfermedad que se extendía por la Superficie) sobrepasaba lo que era el mero
deseo de estar al tanto de los acontecimientos de allá arriba. Especialmente a la luz
arrojada por el desliz de Joseph sobre una operación importante llevada a cabo en
Londres. Sí, en todo aquello había algo más de lo que había pensado al principio.
Pasaron los periódicos al resto del grupo, y a partir de ese momento, el único que
habló fue el anciano styx. Sarah estaba demasiado lejos para oír gran cosa, y además
él se pasaba a menudo a la áspera e incomprensible lengua de los styx. Después Sarah
oyó la voz de Rebecca.
—¡Sí! —exclamó la chica muy claramente y con alegría juvenil. Levantó el brazo
en gesto de victoria, como emocionada por algo que le había oído decir al anciano.
Entonces éste se volvió hacia otro styx del grupo, que abrió una pequeña maleta y
sacó de ella algo que le entregó a Rebecca. Ésta lo cogió y lo sostuvo con cuidado
delante de ella, ante la mirada del grupo.
Se quedaron callados. Sarah no podía distinguir muy bien lo que tenía Rebecca en
las manos, pero por la manera en que reflejaba la luz, parecía que eran dos pequeños
objetos hechos de cristal o de algún material parecido.
Rebecca y el viejo styx intercambiaron una larga mirada. Era evidente que acababa
de ocurrir algo significativo. El encuentro terminó abruptamente cuando el anciano
styx dio una orden y, flanqueado por el resto del grupo, marchó en dirección a los
edificios de la estación.
La chica se giró para mirar al styx solitario que montaba guardia ante los
prisioneros encadenados. Le hizo una señal con los dedos de la mano, como si
estuviera ordenando a alguien que se fuera. El guardia inmediatamente gritó una
orden a los prisioneros, y éstos empezaron a marchar arrastrando los pies hacia el
rincón más apartado de la caverna.
Sarah vio que Rebecca volvía hacia ella, levantando los dos objetos.
—¿Quiénes son? —preguntó Sarah señalando a los prisioneros, que se
desplazaban hacia un lugar oscuro en que apenas resultaban visibles.
—Olvídalos… —dijo Rebecca, y después añadió vagamente, como si tuviera la
mente en otra cosa—, ya no necesitamos más conejillos de Indias, por el momento.