Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | страница 288
abismo, aguardándolo en la oscuridad. La cabeza volvió a darle vueltas.
«¿Dónde están las paredes? ¡He perdido esas paredes de mierda!»
La rabia se apoderó de él, y apretó los dientes con tanta fuerza que empezaron a
rechinarle. Con los puños cerrados, lanzó un grito inhumano, a medio camino entre el
gruñido de una fiera y un alarido de terror, pero diferente de ambos. Intentó poner en
orden sus pensamientos, pero se encontró con que no podía contener la ira ni el
desprecio hacia sí mismo.
«¡Imbécil, imbécil, imbécil!»
Era como si, al final, la desagradable voz que oía antes en el interior de su cabeza
hubiera ganado la partida, y toda esperanza hubiera desaparecido. Era un idiota y
merecía la muerte. Empezó a culpar a los demás, en especial a Chester y a Elliott, y
gritó obscenidades contra ellos, obscenidades lanzadas a las mudas paredes que
debían de rodearlo. Le invadió un deseo de golpear, de herir. En el anonimato de la
oscuridad, empezó a pegarse a sí mismo, descargándose puñetazos en los muslos.
Después se golpeó a un lado de la cabeza, y el dolor trajo aparejada una punzante
claridad, por la que volvió a recobrar algo de sensatez.
«¡No, soy un poco mejor que todo eso! Tengo que seguir».
Se puso de rodillas y después a gatas. Y empezó a avanzar, tanteando el suelo
delante de él con las manos por si había un agujero, un vacío, comprobando y
volviendo a comprobar que no estaba a punto de caerse por un precipicio. Tocó algo
con la mano, por encima del suelo: ¡era la pared! Con un suspiro de alivio, se levantó
y lentamente, pegado a ella, reemprendió el lento y tedioso caminar.
Durante las horas siguientes, el Tren de los Mineros atravesó varias más de
aquellas compuertas de tormenta a las que se refería Rebecca.
La primera señal que apreció Sarah de que se acercaban a su destino fue el repique
de una campana, seguido del potente lamento del silbato del tren. Éste empezó a
frenar y se detuvo chirriando. Corrieron las puertas laterales del furgón: tenía ante ella
la Estación de los Mineros. En las ventanas, las luces brillaban con languidez.
—¡Fin de trayecto! —anunció Rebecca, con el asomo de una sonrisa. Al bajar del
furgón y estirar las entumecidas piernas, Sarah vio que se acercaba apresuradamente
un grupo de styx.
Cogiendo el regalo en su envoltorio, Rebecca le indicó a Sarah que se quedara
junto al tren, y ella se dirigió al encuentro del grupo. Eran al menos una docena de