Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 286
—¡ Socorro! ¡ Que alguien me ayude! ¿ No hay nadie?
« No te hagas ilusiones. ¿ Sabes lo probable que es que acuda alguien en tu auxilio?— decía una voz brusca y desagradable que salía de la propia cabeza de Will. Y por mucho que él intentaba acallarla, no había manera—. No hay nadie en kilómetros a la redonda. Estás completamente solo, tío », proseguía la voz.
—¡ Socorro, ayuda! ¡ Ayuda!— gritaba Will, haciendo todo lo posible por ignorar aquella voz.
«¿ Qué esperas …? ¿ Que papaíto aparezca de repente al volver la esquina para llevarte de vuelta a casa? ¿ Papaíto, el superdoctor Burrows, el que se pierde en el metro de Londres? ¡ Vaya por Dios!»
—¡ Déjame en paz!— bramó el chico con voz ronca, dirigiéndose a la fastidiosa voz de su pesimismo. Su grito resonó a lo largo de los túneles que lo rodeaban.
«¿ Te has perdido, eh? ¡ Qué divertido!— insistía la voz. Era una voz tranquila, petulante, que parecía saber perfectamente cómo iba a terminar todo—. Las cosas ya no pueden estar peor. Estás acabado ».
Will se paró y negó con la cabeza, rehusando aceptar lo que le decía la voz. Tenía que haber una solución, una salida a aquello.
Abrió y cerró los ojos, intentando ver algo, lo que fuera, pero no veía nada. En la Superficie, hasta la más oscura de las noches tiene un pequeño resto de luz, pero allí no. Allí la oscuridad era absoluta y estaba llena de engaños y falsas esperanzas.
Se desplazó a lo largo de la pared, palpando con los dedos aquella aspereza de la roca a la que ya había tenido tiempo de acostumbrarse completamente. Avanzaba muy despacio hasta que lo vencía la impaciencia e intentaba ir demasiado aprisa. El pie se le enganchó en un obstáculo y cayó hacia delante, tras lo cual rodó por una pendiente. Se paró al final, tumbado boca abajo, con la cara contra la tierra. Respiraba con dificultad.
Si se permitía pensar durante mucho tiempo en la situación en que se encontraba,
29
—¡ Socorro! ¡ Que alguien me ayude! ¿ No hay nadie?
« No te hagas ilusiones. ¿ Sabes lo probable que es que acuda alguien en tu auxilio?— decía una voz brusca y desagradable que salía de la propia cabeza de Will. Y por mucho que él intentaba acallarla, no había manera—. No hay nadie en kilómetros a la redonda. Estás completamente solo, tío », proseguía la voz.
—¡ Socorro, ayuda! ¡ Ayuda!— gritaba Will, haciendo todo lo posible por ignorar aquella voz.
«¿ Qué esperas …? ¿ Que papaíto aparezca de repente al volver la esquina para llevarte de vuelta a casa? ¿ Papaíto, el superdoctor Burrows, el que se pierde en el metro de Londres? ¡ Vaya por Dios!»
—¡ Déjame en paz!— bramó el chico con voz ronca, dirigiéndose a la fastidiosa voz de su pesimismo. Su grito resonó a lo largo de los túneles que lo rodeaban.
«¿ Te has perdido, eh? ¡ Qué divertido!— insistía la voz. Era una voz tranquila, petulante, que parecía saber perfectamente cómo iba a terminar todo—. Las cosas ya no pueden estar peor. Estás acabado ».
Will se paró y negó con la cabeza, rehusando aceptar lo que le decía la voz. Tenía que haber una solución, una salida a aquello.
Abrió y cerró los ojos, intentando ver algo, lo que fuera, pero no veía nada. En la Superficie, hasta la más oscura de las noches tiene un pequeño resto de luz, pero allí no. Allí la oscuridad era absoluta y estaba llena de engaños y falsas esperanzas.
Se desplazó a lo largo de la pared, palpando con los dedos aquella aspereza de la roca a la que ya había tenido tiempo de acostumbrarse completamente. Avanzaba muy despacio hasta que lo vencía la impaciencia e intentaba ir demasiado aprisa. El pie se le enganchó en un obstáculo y cayó hacia delante, tras lo cual rodó por una pendiente. Se paró al final, tumbado boca abajo, con la cara contra la tierra. Respiraba con dificultad.
Si se permitía pensar durante mucho tiempo en la situación en que se encontraba,