Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 284

Allí, donde había caído la cinta de comida, se movía algo grande. Con mano temblorosa, dirigió hacia el lugar la luz de la lámpara. —¡No! —gritó con la voz ahogada. Tenía el tamaño de un pequeño turismo, con seis patas articuladas que sobresalían formando ángulos, y un enorme caparazón abombado como cuerpo. Era de color blanco amarillento, y se movía con pesadez. Pudo ver sus pinzas polvorientas, que rechinaban una contra otra mientras devoraba la comida que él había tirado. Moviendo las antenas con intención exploratoria, avanzó muy lentamente hacia él. El doctor Burrows dio un paso atrás. —No… no puedo creer… lo que veo —consiguió pronunciar Burrows—. ¿Qué demonios eres tú…? ¿Un insecto descomunal?, ¿un acaro gigante? —preguntó, corrigiéndose mentalmente casi al mismo tiempo que hablaba, porque sabía muy bien que los ácaros no eran insectos sino arácnidos, como las arañas. Fuera lo que fuera, se había parado, evidentemente con algo de recelo hacia él, moviendo las antenas de manera independiente pero sincronizada, como dos palillos chinos. No vio rastro de ojos en la cabeza, y el caparazón parecía tan grueso como la carrocería de un tanque. Pero cuando lo examinó más de cerca, vio que el caparazón tenía una especie de abolladuras, con muescas que parecían heridas de cuchillo por toda la deslustrada superficie, y que tenía agujeros de feo aspecto en los bordes, que parecían destrozados. Pese a su tamaño y apariencia, Burrows comprendió enseguida que no representaba un peligro para él. No intentaba acercarse más, y permanecía cautelosamente donde estaba, quizá con más miedo del doctor Burrows que el que éste tenía de él. —Parece que vienes de la guerra, ¿eh? —comentó iluminándolo con su esfera de luz. El bicho hizo castañetear las pinzas, como para mostrarse de acuerdo. Por un momento, Burrows levantó la vista de la descomunal criatura para mirar a su alrededor. —Este lugar es tan… rico… ¡es como una mina de oro! —dijo suspirando, y a continuación hurgó en su cartera—. Aquí tienes, amigo. —Le lanzó otro trozo de comida a la extraña criatura, que retrocedió unos pasos, como si tuviera miedo. A continuación, muy despacio, se aproximó, localizó la comida y la cogió con prudencia. Evidentemente, la criatura llegó a la conclusión de que la cinta se podía