Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Página 283

—¡ Dios mío! Hace milenios, de la forma que fuera, un escriba fenicio llegó de la Superficie … e hizo esto: grabó una traducción a partir de un antiguo lenguaje jeroglífico. Pero ¿ cómo llegó hasta aquí?— El doctor Burrows infló las mejillas y exhaló el aire por entre los labios—. Y esa antigua raza desconocida … ¿ quiénes eran? ¿ Quiénes eran, por todos los demonios?
A su mente llegó toda suerte de posibilidades, pero hubo una, tal vez la más rebuscada de todas, que se presentó con mucho más ímpetu que las otras:
—¡ Los atlantes …! ¡ La perdida ciudad de la Atlántida!— Se le cortó la respiración, y el corazón le empezó a palpitar ante aquella hipótesis.
Farfullaba para sí mismo, jadeando de la emoción. Enseguida dirigió la atención al bloque inferior, cotejándolo con las palabras fenicias que había arriba.
— Por todos los diablos, creo que lo tengo. Es … ¡ es la misma plegaria!— empezó a gritar. E inmediatamente descubrió las semejanzas entre los jeroglíficos de la parte de arriba y la forma de las letras de abajo. No le cabía ninguna duda de que estaban relacionados, de que aquellos pictogramas habían evolucionado hasta convertirse en aquellas letras.
Y empleando la escritura fenicia, no debería tener problemas para traducir la inscripción del bloque inferior. Ahora disponía de la clave que le capacitaba para traducir todas las otras lápidas que había encontrado en la caverna y dibujado en su diario.
—¡ Puedo hacerlo, qué narices!— exclamó eufórico pasando las páginas de unos dibujos a otros—. ¡ Voy a ser capaz de entender su lengua! He encontrado mi propia piedra Rosetta. No, espera …— Levantó el dedo al tiempo que concebía la idea—: ¡ Se llamará … la piedra Burrows!— Se puso en pie y se volvió hacia la oscuridad, levantando el diario por encima de la cabeza, eufórico—. ¡ La piedra del doctor Burrows!
»¡ Vaya papanatas, vosotros los investigadores del Museo Británico, y vosotros los catedráticos de Oxford y de Cambridge! ¡ Y usted, viejo y rancio profesor Whites, que me afanó la excavación romana …! ¡ Yo soy el vencedor! ¡ Yo seré el que pase a la posteridad!— Sus palabras resonaron por el precipicio—. ¡ Puede que aquí, en mis manos, tenga guardado el secreto de la Atlántida! ¡ Y es sólo mío, pobres infelices!
Volvió a oír aquel sonido que parecía un castañeteo, y encendió de repente la lámpara.
—¿ Qué dem …?
—¡ Dios mío! Hace milenios, de la forma que fuera, un escriba fenicio llegó de la Superficie … e hizo esto: grabó una traducción a partir de un antiguo lenguaje jeroglífico. Pero ¿ cómo llegó hasta aquí?— El doctor Burrows infló las mejillas y exhaló el aire por entre los labios—. Y esa antigua raza desconocida … ¿ quiénes eran? ¿ Quiénes eran, por todos los demonios?
A su mente llegó toda suerte de posibilidades, pero hubo una, tal vez la más rebuscada de todas, que se presentó con mucho más ímpetu que las otras:
—¡ Los atlantes …! ¡ La perdida ciudad de la Atlántida!— Se le cortó la respiración, y el corazón le empezó a palpitar ante aquella hipótesis.
Farfullaba para sí mismo, jadeando de la emoción. Enseguida dirigió la atención al bloque inferior, cotejándolo con las palabras fenicias que había arriba.
— Por todos los diablos, creo que lo tengo. Es … ¡ es la misma plegaria!— empezó a gritar. E inmediatamente descubrió las semejanzas entre los jeroglíficos de la parte de arriba y la forma de las letras de abajo. No le cabía ninguna duda de que estaban relacionados, de que aquellos pictogramas habían evolucionado hasta convertirse en aquellas letras.
Y empleando la escritura fenicia, no debería tener problemas para traducir la inscripción del bloque inferior. Ahora disponía de la clave que le capacitaba para traducir todas las otras lápidas que había encontrado en la caverna y dibujado en su diario.
—¡ Puedo hacerlo, qué narices!— exclamó eufórico pasando las páginas de unos dibujos a otros—. ¡ Voy a ser capaz de entender su lengua! He encontrado mi propia piedra Rosetta. No, espera …— Levantó el dedo al tiempo que concebía la idea—: ¡ Se llamará … la piedra Burrows!— Se puso en pie y se volvió hacia la oscuridad, levantando el diario por encima de la cabeza, eufórico—. ¡ La piedra del doctor Burrows!
»¡ Vaya papanatas, vosotros los investigadores del Museo Británico, y vosotros los catedráticos de Oxford y de Cambridge! ¡ Y usted, viejo y rancio profesor Whites, que me afanó la excavación romana …! ¡ Yo soy el vencedor! ¡ Yo seré el que pase a la posteridad!— Sus palabras resonaron por el precipicio—. ¡ Puede que aquí, en mis manos, tenga guardado el secreto de la Atlántida! ¡ Y es sólo mío, pobres infelices!
Volvió a oír aquel sonido que parecía un castañeteo, y encendió de repente la lámpara.
—¿ Qué dem …?