Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 281
Debajo había otro bloque de extrañas letras cuneiformes angulares, muy diferentes de todas las demás, y que tampoco recordaban a nada de lo que se hubiera encontrado en todos sus años de estudio. El tercer bloque de escritura era igual de extraño, pero en él había una sucesión de símbolos jeroglíficos: unos dibujos extraños e irreconocibles, desprovistos de significado para él.
— No lo pillo— decía lentamente, frunciendo el ceño. Pasó hojas hacia delante, hasta llegar a una página en la que ya había apuntado cosas en un intento de traducir aunque fuera un brevísimo fragmento de cualquiera de los tres bloques. A fuerza de examinar los símbolos repetidos en la parte media e inferior de la lápida, pensaba que sería capaz de empezar a encajar piezas hasta conseguir entender una parte de los escritos cuneiformes. Aun cuando fueran similares a la escritura ideográfica china, con un prodigioso número de caracteres distintos, esperaba al menos poder descubrir algún tipo de patrón básico.
— Vamos, vamos, utiliza la cabeza, hombre de Dios— se apremiaba a sí mismo con un gruñido, pegándose en la frente con la palma de la mano. Pasándose la cinta de comida de un lado de la boca al otro, se puso de nuevo a elucubrar, tratando de hacer algún progreso.
— No … lo … pi … llo …— rezongó. Con intensa frustración, rasgó la página en la que estaba haciendo las anotaciones y, tras arrugarla hasta hacerla una bola, la tiró por encima del hombro. Se echó para atrás y entrelazó las manos con fuerza, inmerso en profundas cavilaciones. Al hacerlo, el diario se cayó de la roca.
—¡ Maldición!— exclamó, agachándose a recogerlo. Había caído abierto por la página del dibujo que tantos problemas le causaba. Volvió a ponerlo sobre la roca.
Escuchó ruidos: un crujido seguido por una serie de algo que parecían taconeos o castañeteos. Terminó poco después de empezar, pero de inmediato levantó la esfera de luz y miró a su alrededor. No vio nada, y empezó a silbar en un intento de sentirse más tranquilo.
Bajó la esfera y, al hacerlo, la luz incidió sobre la página del diario que estaba tratando de traducir. Acercó la cabeza a la página, y después la acercó todavía más.—¡ Pero serás tonto de capirote!— exclamó antes de empezar a reírse, mientras examinaba las letras que hasta ese mismo instante habían carecido para él de todo sentido—. ¡ Sí, sí, sí, sí!
Se había encontrado tan mal en el momento en que había copiado el dibujo de la
Debajo había otro bloque de extrañas letras cuneiformes angulares, muy diferentes de todas las demás, y que tampoco recordaban a nada de lo que se hubiera encontrado en todos sus años de estudio. El tercer bloque de escritura era igual de extraño, pero en él había una sucesión de símbolos jeroglíficos: unos dibujos extraños e irreconocibles, desprovistos de significado para él.
— No lo pillo— decía lentamente, frunciendo el ceño. Pasó hojas hacia delante, hasta llegar a una página en la que ya había apuntado cosas en un intento de traducir aunque fuera un brevísimo fragmento de cualquiera de los tres bloques. A fuerza de examinar los símbolos repetidos en la parte media e inferior de la lápida, pensaba que sería capaz de empezar a encajar piezas hasta conseguir entender una parte de los escritos cuneiformes. Aun cuando fueran similares a la escritura ideográfica china, con un prodigioso número de caracteres distintos, esperaba al menos poder descubrir algún tipo de patrón básico.
— Vamos, vamos, utiliza la cabeza, hombre de Dios— se apremiaba a sí mismo con un gruñido, pegándose en la frente con la palma de la mano. Pasándose la cinta de comida de un lado de la boca al otro, se puso de nuevo a elucubrar, tratando de hacer algún progreso.
— No … lo … pi … llo …— rezongó. Con intensa frustración, rasgó la página en la que estaba haciendo las anotaciones y, tras arrugarla hasta hacerla una bola, la tiró por encima del hombro. Se echó para atrás y entrelazó las manos con fuerza, inmerso en profundas cavilaciones. Al hacerlo, el diario se cayó de la roca.
—¡ Maldición!— exclamó, agachándose a recogerlo. Había caído abierto por la página del dibujo que tantos problemas le causaba. Volvió a ponerlo sobre la roca.
Escuchó ruidos: un crujido seguido por una serie de algo que parecían taconeos o castañeteos. Terminó poco después de empezar, pero de inmediato levantó la esfera de luz y miró a su alrededor. No vio nada, y empezó a silbar en un intento de sentirse más tranquilo.
Bajó la esfera y, al hacerlo, la luz incidió sobre la página del diario que estaba tratando de traducir. Acercó la cabeza a la página, y después la acercó todavía más.—¡ Pero serás tonto de capirote!— exclamó antes de empezar a reírse, mientras examinaba las letras que hasta ese mismo instante habían carecido para él de todo sentido—. ¡ Sí, sí, sí, sí!
Se había encontrado tan mal en el momento en que había copiado el dibujo de la