Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 279

debía restringir el uso de la linterna. Pero entonces, despavorido, notó que la luz empezaba a perder parte de su intensidad. A partir de ese momento comenzó a ahorrar pilas, apagando la linterna cada vez que tenía delante un tramo de túnel recto e ininterrumpido, pero el haz de luz no tardó en convertirse en una lucecita amarilla muy débil. Y, de pronto, se apagó completamente. Nunca podría olvidar la profunda angustia que sintió en aquel instante, al quedar sumergido en la oscuridad palpitante y absoluta. Agitó la linterna con desesperación, intentando en vano extraerle unas gotas de luz. Sacó las pilas, las frotó con las manos para calentarlas antes de volver a ponerlas, pero eso no sirvió de nada. ¡Estaban agotadas! Hizo lo único que podía hacer: siguió caminando, tentando a ciegas por los desconocidos túneles. No era tan sólo que no tuviera la más leve idea de adonde iba y se estuviera extraviando irremediablemente, sino también que podía oír de vez en cuando ruidos por los túneles que había dejado atrás. Tuvo tentaciones de pararse a escuchar, pero le obligaba a seguir la idea de que un perro de presa podía surgir de la oscuridad y lanzarse sobre él. El miedo que le infundían sus perseguidores era mayor que la implacable oscuridad en que se iba hundiendo más y más. Se sentía completamente perdido y solo. «¡Idiota, idiota, idiota! ¿Por qué no seguí a los otros? ¡Estoy seguro de que había tiempo! ¿Cómo puedo ser tan imbécil?» Se lanzaba contra sí mismo reproches cada vez más fuertes y abundantes, al tiempo que la oscuridad lo invadía, convirtiéndose en algo que casi podía palpar, como una sopa espesa de color negro. No le quedaba esperanza alguna, pero había una pequeña idea que le permitía no desmayar. Era una idea que tenía en la mente, una pequeña ilusión, luminosa como la luz de un faro lejano: se imaginaba el momento en que se reuniría con su padre, el momento en que todo se arreglaría y volvería a ser tal como había soñado. Sabiendo lo inútil que resultaba hacerlo, pero notando que eso lo tranquilizaba y le proporcionaba un pequeño alivio, empezó a llamarlo cada poco: —¡Papá…! —decía llorando—. ¿Estás ahí, papá? El doctor Burrows estaba sentado sobre la más pequeña de dos rocas y apoyaba los codos en la más grande mientras mordisqueaba, pensativo, un trozo de comida seca que le habían dado los coprolitas. Ignoraba si aquello era animal o vegetal, pero