Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 272

que estás haciendo?» Incapaz de superar aquella sensación de incomodidad, encontraba difícil mantenerse quieta, y cuando cambiaba de posición en el implacable banco de madera, el uniforme no hacía ni el más leve crujido. Eso echaba por tierra el rumor que había oído y que aseguraba que estaban hechos con piel de coprolita. Parecían más bien fabricados de un cuero excepcionalmente fino, suave y flexible: tal vez piel de ternero de gran calidad. Supuso que sería así para que los styx se pudieran mover con más sigilo, sin aquel crujido característico de los uniformes semejantes, de color negro azabache, que llevaban en la Colonia. Los Limitadores descansaban por turno: dos de ellos dormían con los pies sobre la mesa mientras los otros dos permanecían despiertos e inhumanamente inmóviles, sentados tiesos como estacas, con la mirada al frente. Había una especie de fiera atención en todos ellos, incluso en los que dormían, como si estuvieran preparados para entrar en acción en un abrir y cerrar de ojos. Sarah y Rebecca no intentaron conversar debido al constante ruido, que era más fuerte de lo habitual, según le había informado la chica, porque el tren corría al doble de velocidad de lo habitual. Así que en vez de hablar, Sarah observaba lo que parecía una vieja y maltrecha cartera de colegio, de color marrón, que estaba sobre la mesa, delante de Rebecca. Sobresalía de ella un fajo de periódicos de la Superficie, y Sarah podía adivinar el patético titular del primero de todos, que decía en grandes letras negritas: «ataca el superviajero». No había estado muy al corriente durante las últimas semanas de los acontecimientos de la Superficie, y no tenía ni idea de a qué se refería. De todas formas, se había pasado muchas horas del viaje preguntándose por qué les interesaba aquello a Rebecca y a los styx. Se moría de ganas de sacar los periódicos y leer más. Pero durante todo el viaje, Rebecca no había cerrado los ojos ni una vez, y mucho menos echado una cabezada. Repantigada contra la pared del furgón, con los brazos delicadamente cruzados en el regazo, era como si hubiera entrado en un estado de meditación profunda. A Sarah le resultaba francamente desconcertante. La única ocasión en que cruzó unas palabras con la niña styx fue cuando finalmente el tren empezó a aminorar la marcha y terminó parándose. Como si saliera de aquel extraño estado de suspensión, se inclinó de repente hacia delante y le dijo a Sarah: —Las compuertas de tormenta. Después sacó los periódicos de la cartera y