Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 271
leyendas sobre ellos y su increíble habilidad guerrera. Y algunas de las cosas más descabelladas que contaba la gente, según le explicó Tam, eran ciertas: sabía de muy buena tinta que era verdad que, en cierta ocasión en que se les habían acabado los víveres en la parte más septentrional de las Profundidades, habían devorado a un colono desterrado. También le había explicado Tam que « Hobb » era un nombre que daban al diablo, y que era muy apropiado, según dijo, para aquellos demoníacos soldados.
Pese a aquéllas y otras muchas historias muy descabelladas que se contaban en voz baja y a puerta cerrada, en realidad se sabía muy poco de los Limitadores, salvo la conjetura de que se hallaban envueltos en operaciones encubiertas en la Superficie. En cuanto a las Profundidades, se decía que se entrenaban allí para sobrevivir durante largos periodos sin ayuda. Y en esos momentos, mientras volvía a atreverse a mirarlos, tenía que aceptar que eran el grupo de hombres de aspecto más temible y con los ojos más fríos que había visto nunca: los ojos grises y empañados, como los de un pez muerto.
Había mucho sitio en aquel furgón grande pero sencillo, construido con el mismo bastidor que los vagones de carga, de los que había muchos en el tren, formando una larga fila que iba delante de ellos. Los lados y el techo eran de tablas de madera que habían sido sometidas con tal regularidad a intenso calor y a ráfagas de agua en el recorrido que estaban completamente combadas. Además, se habían abierto anchos resquicios entre una tabla y otra por los que entraba el humo y el aire durante la veloz marcha del tren, y que hacían el viaje no mucho más tolerable que el que habían sufrido Will y los otros en su vagón abierto.
A ambos lados del interior del furgón había bancos de madera tosca, y a cada extremo había dos pequeñas mesas que llegaban a la rodilla y estaban atornilladas al suelo, ante la última de las cuales se sentaban los cuatro Limitadores.
Aquellos soldados iban vestidos con su característico uniforme de faena: largos gabanes de color marrón parduzco y pantalones holgados con gruesas rodilleras, una indumentaria muy diferente de la que llevaban los styx habitualmente. También le habían provisto a Sarah de un uniforme parecido, y lo llevaba puesto, aunque le hacía sentirse muy incómoda. Le costaba muy poco esfuerzo imaginarse lo que habría dicho Tam si la hubiera visto con el uniforme de sus enemigos acérrimos. Al palpar la solapa del gabán, se representaba en la mente la cara de mortificación de Tam. Casi hasta oía su voz: « Ah, Sarah, ¿ cómo has podido meterte en esto? Pero ¿ qué te piensas
leyendas sobre ellos y su increíble habilidad guerrera. Y algunas de las cosas más descabelladas que contaba la gente, según le explicó Tam, eran ciertas: sabía de muy buena tinta que era verdad que, en cierta ocasión en que se les habían acabado los víveres en la parte más septentrional de las Profundidades, habían devorado a un colono desterrado. También le había explicado Tam que « Hobb » era un nombre que daban al diablo, y que era muy apropiado, según dijo, para aquellos demoníacos soldados.
Pese a aquéllas y otras muchas historias muy descabelladas que se contaban en voz baja y a puerta cerrada, en realidad se sabía muy poco de los Limitadores, salvo la conjetura de que se hallaban envueltos en operaciones encubiertas en la Superficie. En cuanto a las Profundidades, se decía que se entrenaban allí para sobrevivir durante largos periodos sin ayuda. Y en esos momentos, mientras volvía a atreverse a mirarlos, tenía que aceptar que eran el grupo de hombres de aspecto más temible y con los ojos más fríos que había visto nunca: los ojos grises y empañados, como los de un pez muerto.
Había mucho sitio en aquel furgón grande pero sencillo, construido con el mismo bastidor que los vagones de carga, de los que había muchos en el tren, formando una larga fila que iba delante de ellos. Los lados y el techo eran de tablas de madera que habían sido sometidas con tal regularidad a intenso calor y a ráfagas de agua en el recorrido que estaban completamente combadas. Además, se habían abierto anchos resquicios entre una tabla y otra por los que entraba el humo y el aire durante la veloz marcha del tren, y que hacían el viaje no mucho más tolerable que el que habían sufrido Will y los otros en su vagón abierto.
A ambos lados del interior del furgón había bancos de madera tosca, y a cada extremo había dos pequeñas mesas que llegaban a la rodilla y estaban atornilladas al suelo, ante la última de las cuales se sentaban los cuatro Limitadores.
Aquellos soldados iban vestidos con su característico uniforme de faena: largos gabanes de color marrón parduzco y pantalones holgados con gruesas rodilleras, una indumentaria muy diferente de la que llevaban los styx habitualmente. También le habían provisto a Sarah de un uniforme parecido, y lo llevaba puesto, aunque le hacía sentirse muy incómoda. Le costaba muy poco esfuerzo imaginarse lo que habría dicho Tam si la hubiera visto con el uniforme de sus enemigos acérrimos. Al palpar la solapa del gabán, se representaba en la mente la cara de mortificación de Tam. Casi hasta oía su voz: « Ah, Sarah, ¿ cómo has podido meterte en esto? Pero ¿ qué te piensas