Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 270

27 Con un formidable estrépito, el Tren de los Mineros dio una sacudida tan brusca que Sarah se temió que fuera a descarrilar. Agarrándose al banco con todas sus fuerzas, le dirigió una mirada asustada a Rebecca, pero la vio completamente tranquila. De hecho, la niña parecía hallarse casi en estado de trance, con rostro apacible y ojos muy abiertos, aunque sin mirar a nada en especial. Después el tren recuperó su anterior ritmo hipnótico. Sarah respiró algo más tranquila, observando el interior del furgón de cola. Una vez más, dejó que los ojos se le fueran hasta donde se encontraban los Limitadores, pero volvió a apartar la mirada enseguida porque no quería que notaran su interés. Tenía que pellizcarse para asegurarse de que todo estaba sucediendo en la realidad, porque no sólo se encontraba ella allí, hombro con hombro con una patrulla de cuatro styx, sino que de hecho eran Limitadores, miembros del «escuadrón de Hobb», como lo llamaban en ciertos círculos. De niña, su padre le contaba cosas terribles de aquellos soldados, como que les gustaba comerse vivos a los colonos, y que, si ella no hacía lo que él le mandaba y se iba enseguida a dormir, aquellos caníbales irían a buscarla en mitad de la noche. Según su padre, los Limitadores se metían bajo la cama de los niños malos. Y si se atrevían a sacar el pie, les cortaban un trozo de los tobillos, porque les gustaba mucho la carne tierna de los niños. Desde luego, contándole eso había conseguido que no pudiera dormir. Hasta que tuvo varios años más no se enteró, por Tam, de que aquellos hombres misteriosos existían realmente. Desde luego, en la Colonia todo el mundo sabía de la existencia de la División: los equipos que patrullaban por los límites del Barrio y la Ciudad Eterna, las regiones más próximas a la Superficie. Cualquier lugar, hablando claro, que pudiera ser utilizado por un colono para escapar a la Superficie. Pero los Limitadores eran harina de otro costal, y raramente se los veía por las calles, si es que aparecían alguna vez. Como resultado, en la Colonia se contaban mil