Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Página 266

—¡Ah, ya había oído que tenías unas nuevas bellezas! Un poco de carne sabrosa. El bulto tosió y siguió avanzando, como si flotara justo por encima del suelo. Will vio que se trataba de un hombre que llevaba sobre la cabeza y los hombros una especie de pañoleta marrón muy sucia, como si fuera una campesina. Estaba muy encorvado, lo que daba la impresión de que estaba seriamente contrahecho. Se paró ante Drake y los muchachos y levantó la cabeza: fue una visión espeluznante. En un lado tenía una enorme protuberancia, como un melón pequeño, y como estaba limpia de polvo, se veía una piel grisácea surcada por una maraña de venas azules, prominentes. En la boca tenía otra protuberancia parecida, ligeramente más pequeña, de manera que los labios, negros y partidos, formaban una permanente «O». Un constante hilillo de baba, blanca y brillante, le caía por el labio inferior y por la barbilla hacia abajo, desde donde colgaba como una barba líquida. Pero lo peor de todo eran los ojos. Completamente blancos, como huevos recién descascarillados, sin rastro de pupila ni iris por ningún lado. Eran la única zona que se veía de un color rotundo, uniforme y definido, y por eso resultaba aún más sorprendente. Una mano nudosa, como una raíz arrancada y secada al sol, salió de la pañoleta para describir un círculo mientras hablaba. —¿No tienes nada para tu viejo compadre? —dijo en voz alta, escupiendo saliva —. ¿Algo para el pobre viejo que te enseñó todo lo que sabes? ¿Qué me dices de uno de estos jovencitos? —No te debo nada. Vete —respondió Drake con frialdad—. Antes de que yo… —¿Son los chicos que están buscando los Cabezas Negras? ¿Dónde los escondes, Drake? —Como una cobra a punto de saltar, lanzó hacia delante la cabeza, deslizando sus ojos blancos y ciegos sobre Will y Cal, mientras Chester se escondía tras ellos, aterrorizado. Will distinguió una gruesa y oscurecida cicatriz en forma de cruz en cada ojo, y la señal de muchos otros tajos grises sobre la piel ennegrecida de las mejillas. —Huelen a joven —rápidamente el hombre se limpió la nariz con un golpe de su mano nudosa y retorcida—, a limpio y bonito. —Pasas mucho tiempo por estos lares… y tienes aspecto de estarte muriendo, Cox. ¿Tal vez te gustaría que te ayudara a hacerlo? —dijo Drake secamente sosteniendo el cóctel. El hombre volvió la cabeza hacia él. —No hay necesidad de eso, Drake, y menos con un viejo amigo.