Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 259
Las cuatro botas, empapadas de agua, resonaban en el pétreo silencio. Llegaron a
la entrada de la base y treparon por la soga. Las habitaciones estaban en calma, y Will
se imaginó que Cal se habría cansado de sus ejercicios y se habría echado a dormir.
En el corredor, Elliott levantó hacia él la mano abierta, sin mirarlo. El se aclaró la
garganta con dificultad, sin entender qué era lo que quería ella, hasta que comprendió
de repente que le pedía que le devolviera la mira. Sacó el brazo de las correas. Elliott
la cogió, pero volvió a levantar la mano. Tras un momento de incomodidad, recordó
la cartuchera de los cócteles que llevaba atada al muslo, e intentó desabrocharla.
Ella también se la cogió, y después hizo un gesto con la mano y se fue. Él se
quedó allí, goteando agua sobre el polvo, y enfrentándose a sus propios sentimientos
de soledad y arrepentimiento.
En las semanas que siguieron, Will no volvió a acompañar a Elliott ni una sola
vez. Y lo que aún empeoraba las cosas era que ella parecía invitar a Chester cada vez
con más frecuencia a ir con ella en sus patrullas «rutinarias» de reconocimiento.
Aunque no hablaba de ello, Will descubría de vez en cuando a Chester hablando con
Elliott en el pasillo, en susurros, y sentía la horrorosa sensación de que lo dejaban de
lado. Y por más que intentaba evitarlo, sentía además un creciente resentimiento
contra su amigo. Se decía para sí que Elliott debería estarle enseñando a él, no al torpe
e incompetente de Chester. Pero no podía hacer nada al respecto.
Will se encontraba con mucho tiempo de sobra. Ya no necesitaba cuidar a su
hermano, que había mejorado a base de dar vueltas y vueltas por la habitación y el
pasillo y había llegado hasta el túnel que estaba justo a la salida de la base. Allí iba de
un lado para otro, si bien es cierto que no abandonaba el bastón. Así que, para llenar
las horas, Will trataba de escribir en su diario o simplemente reposar en la cama,
meditando sobre la situación de todos ellos.
Comprendía, tal vez algo tarde, que incluso en aquel entorno tan duro y hostil, en
que uno tenía que hacer cuanto fuera necesario, no importaba lo desagradable y
asqueroso que fuera, la consideración por los amigos seguía siendo lo más
importante. Aquella consideración, aquel código de comportamiento, era lo que
mantenía unido al grupo. Ninguno de ellos podía dudar del juicio de Drake o del de
Elliott, ni poner en cuestión sus órdenes. Había que hacer exactamente lo que ellos
dijeran, por el propio bien y el de los demás.
Pero tenía que admitir que Chester estaba más capacitado que él para obedecer las
órdenes. Su amigo había adquirido muy pronto una lealtad permanente e