Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 253

«¡ Ah, por Dios!» Tensó los brazos y se impulsó hacia arriba tan sólo un centímetro, con lo que redujo el peso que soportaba la pierna, y el alivio fue instantáneo, pero la estaca se movió ligeramente. Se dio cuenta de que los Limitadores se habían quedado callados.
«¡ Por favor, por favor, por favor!», imploró. A continuación, los Limitadores volvieron a hablar:— El Ser de la Superficie— decía uno—. Lo encontraremos …
Le siguió otra frase, pero la mente de Will sólo registró una palabra y nada más. Fue pronunciada con una entonación diferente a cuanto había oído hasta entonces, como si los styx demostraran un respeto especial:—… Rebecca … «¿ Rebecca? ¡ No, no, no puede ser!» El corazón le dio un vuelco, pero tampoco podía permitirse reaccionar ante lo que acababa de oír.
Tenían que referirse a su hermana, o a esa arpía a la que había creído hermana suya. ¿ Por qué, si no, iban a utilizar aquel nombre precisamente? Sería demasiada coincidencia. Se dio cuenta de que había hecho demasiado ruido al respirar. ¿ Le habrían oído?
Los Limitadores se habían quedado callados. Oyó con más claridad los gruñidos del perro, como si se hubiera acercado. ¿ Qué estaba sucediendo? ¡ Si al menos pudiera ver! Entonces oyó botas que arañaban el suelo. Entreabrió un ojo para ver luces que se desplazaban por las paredes y el techo. ¿ Estaban acercándosele por todos lados los styx, rodeándolo? ¿ Lo habían descubierto? No. Los oía. Estaban moviéndose. Pisaban al unísono: se iban. Sintió deseos de bajarse de un salto, pero todavía tenía que aguantar y esperar un poco más. Menos mal que los Limitadores se movían rápido. Apretó los dientes. Le parecía que no podía soportar aquel olor más rato. Entonces, algo le tiró del tobillo.— Despejado— dijo Elliott en un susurro—. Puedes bajar. Inmediatamente, Will se dejó caer hacia atrás desde la estaca. Pisó en el suelo, y rápidamente retrocedió para alejarse del cadáver.—¡ Por Dios, estate quieto! ¿ Qué ocurre?— le preguntó ella. El flexionó los dedos, los que habían estado dentro del traje del coprolita. Estaban impregnados de algo pegajoso y húmedo: jugos del cadáver en putrefacción. Tuvo un
«¡ Ah, por Dios!» Tensó los brazos y se impulsó hacia arriba tan sólo un centímetro, con lo que redujo el peso que soportaba la pierna, y el alivio fue instantáneo, pero la estaca se movió ligeramente. Se dio cuenta de que los Limitadores se habían quedado callados.
«¡ Por favor, por favor, por favor!», imploró. A continuación, los Limitadores volvieron a hablar:— El Ser de la Superficie— decía uno—. Lo encontraremos …
Le siguió otra frase, pero la mente de Will sólo registró una palabra y nada más. Fue pronunciada con una entonación diferente a cuanto había oído hasta entonces, como si los styx demostraran un respeto especial:—… Rebecca … «¿ Rebecca? ¡ No, no, no puede ser!» El corazón le dio un vuelco, pero tampoco podía permitirse reaccionar ante lo que acababa de oír.
Tenían que referirse a su hermana, o a esa arpía a la que había creído hermana suya. ¿ Por qué, si no, iban a utilizar aquel nombre precisamente? Sería demasiada coincidencia. Se dio cuenta de que había hecho demasiado ruido al respirar. ¿ Le habrían oído?
Los Limitadores se habían quedado callados. Oyó con más claridad los gruñidos del perro, como si se hubiera acercado. ¿ Qué estaba sucediendo? ¡ Si al menos pudiera ver! Entonces oyó botas que arañaban el suelo. Entreabrió un ojo para ver luces que se desplazaban por las paredes y el techo. ¿ Estaban acercándosele por todos lados los styx, rodeándolo? ¿ Lo habían descubierto? No. Los oía. Estaban moviéndose. Pisaban al unísono: se iban. Sintió deseos de bajarse de un salto, pero todavía tenía que aguantar y esperar un poco más. Menos mal que los Limitadores se movían rápido. Apretó los dientes. Le parecía que no podía soportar aquel olor más rato. Entonces, algo le tiró del tobillo.— Despejado— dijo Elliott en un susurro—. Puedes bajar. Inmediatamente, Will se dejó caer hacia atrás desde la estaca. Pisó en el suelo, y rápidamente retrocedió para alejarse del cadáver.—¡ Por Dios, estate quieto! ¿ Qué ocurre?— le preguntó ella. El flexionó los dedos, los que habían estado dentro del traje del coprolita. Estaban impregnados de algo pegajoso y húmedo: jugos del cadáver en putrefacción. Tuvo un