Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 251

coprolita. Asustado, había dado un salto y había metido el brazo en el escaso resquicio existente entre el cadáver y la áspera madera de la estaca. Pero al intentar sujetarse, sus pies habían buscado infructuosamente un lugar en que apoyarse contra la estaca, hasta que la puntera de su bota había encontrado la punta de un largo clavo. Afortunadamente para Will, sobresalía varios centímetros por detrás de la estaca, de manera que ofrecía por lo menos cierto apoyo para el pie.
Pero con eso no bastaba para mantenerse allí arriba. Mientras se acercaban los Limitadores, había buscado a la desesperada algo a lo que agarrarse con su mano izquierda. Tentando como loco, sus dedos encontraron un corte en el traje de seguridad del coprolita, a la altura del omóplato. Metió los dedos por el corte, a través de la gruesa goma del traje, y tocó por dentro algo húmedo y suave. Aquella materia cedió al tocarla: era blanda. Estaba hundiendo los dedos en la carne podrida del cuerpo del coprolita. Eso lo comprendió con la misma claridad con que supo que no había tiempo de encontrar un lugar alternativo al que asirse. «¡ No pienses! ¡ No pienses en esto!», se dijo con desesperación. Pero el olor del cadáver se hizo más intenso, golpeándolo con la misma intensidad de una patada en la cabeza. «¡ No, Dios!»
Si antes el olor le había parecido fuerte, en aquellos momentos le resultaba simplemente insoportable. Sus dedos habían separado los bordes del corte que había en el traje de goma de dos centímetros de espesor, y al hacerlo lo habían abierto mucho más, de manera que desde el interior del traje escapaban unos gases nauseabundos. El hedor salía a raudales. Will sentía deseos de bajar y echar a correr, porque aquello era mucho más de lo humanamente soportable. Era el hedor de la carne caliente y putrefacta del cadáver. ¡ Era macabro!
Pensó que iba a vomitar. De hecho, notó el vómito, que se abría camino hasta la boca, y rápidamente volvió a tragarse el acre fluido. No podía permitirse el lujo de vomitar ni de deslizarse de su escondite, porque si lo hacía le esperaba un terrible final a manos de los Limitadores. Tenía que aguantar, no importaba lo horrible que resultara. Tenía muy fresco en la mente el recuerdo del ataque del perro de presa en la Ciudad Eterna, y no pensaba someterse de nuevo a algo semejante.
Cerró los ojos muy fuerte, e intentó desesperadamente concentrar toda su atención en lo que hacían los Limitadores. Habían comenzado hablando en la lengua de los styx, pero después alternaron entre esa lengua y el inglés. De vez en cuando, Will entendía un retazo de la conversación. Parecía que hablaban distintos miembros de la
coprolita. Asustado, había dado un salto y había metido el brazo en el escaso resquicio existente entre el cadáver y la áspera madera de la estaca. Pero al intentar sujetarse, sus pies habían buscado infructuosamente un lugar en que apoyarse contra la estaca, hasta que la puntera de su bota había encontrado la punta de un largo clavo. Afortunadamente para Will, sobresalía varios centímetros por detrás de la estaca, de manera que ofrecía por lo menos cierto apoyo para el pie.
Pero con eso no bastaba para mantenerse allí arriba. Mientras se acercaban los Limitadores, había buscado a la desesperada algo a lo que agarrarse con su mano izquierda. Tentando como loco, sus dedos encontraron un corte en el traje de seguridad del coprolita, a la altura del omóplato. Metió los dedos por el corte, a través de la gruesa goma del traje, y tocó por dentro algo húmedo y suave. Aquella materia cedió al tocarla: era blanda. Estaba hundiendo los dedos en la carne podrida del cuerpo del coprolita. Eso lo comprendió con la misma claridad con que supo que no había tiempo de encontrar un lugar alternativo al que asirse. «¡ No pienses! ¡ No pienses en esto!», se dijo con desesperación. Pero el olor del cadáver se hizo más intenso, golpeándolo con la misma intensidad de una patada en la cabeza. «¡ No, Dios!»
Si antes el olor le había parecido fuerte, en aquellos momentos le resultaba simplemente insoportable. Sus dedos habían separado los bordes del corte que había en el traje de goma de dos centímetros de espesor, y al hacerlo lo habían abierto mucho más, de manera que desde el interior del traje escapaban unos gases nauseabundos. El hedor salía a raudales. Will sentía deseos de bajar y echar a correr, porque aquello era mucho más de lo humanamente soportable. Era el hedor de la carne caliente y putrefacta del cadáver. ¡ Era macabro!
Pensó que iba a vomitar. De hecho, notó el vómito, que se abría camino hasta la boca, y rápidamente volvió a tragarse el acre fluido. No podía permitirse el lujo de vomitar ni de deslizarse de su escondite, porque si lo hacía le esperaba un terrible final a manos de los Limitadores. Tenía que aguantar, no importaba lo horrible que resultara. Tenía muy fresco en la mente el recuerdo del ataque del perro de presa en la Ciudad Eterna, y no pensaba someterse de nuevo a algo semejante.
Cerró los ojos muy fuerte, e intentó desesperadamente concentrar toda su atención en lo que hacían los Limitadores. Habían comenzado hablando en la lengua de los styx, pero después alternaron entre esa lengua y el inglés. De vez en cuando, Will entendía un retazo de la conversación. Parecía que hablaban distintos miembros de la