Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 250
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Aquel perro abominable lanzaba horrendos gruñidos tirando con todas sus fuerzas de
la correa. El que lo llevaba era uno de los cuatro Limitadores que paseaban por el
medio del túnel. Iba haciendo todo lo posible por mantener a la bestia bajo control.
En la cabeza, los soldados styx llevaban gorros negros sin brillo, y la cara estaba
oscurecida por unas grandes gafas protectoras que les daban aspecto de insectos y por
mascarillas respiratorias de cuero. Los gabanes que les llegaban hasta los pies tenían
un peculiar dibujo de camuflaje, con rectángulos de color arenoso y parduzco. A cada
paso que daban sonaba todo el equipo militar que llevaban en los cinturones y las
mochilas. Era evidente que no estaban de servicio activo: no debían de esperar que
apareciera nadie más por la zona.
Se detuvieron entre las dos filas de cadáveres, y el que llevaba la correa del perro
le dio entre dientes una orden ininteligible al animal. El perro gruñó y se sentó
inmediatamente sobre las ancas, lanzando breves y furiosos gruñidos mientras
adelantaba la cabeza para aspirar el rancio hedor de los cadáveres en putrefacción. Un
hilo de espesa baba le manaba de las fauces, tal vez porque aquel olor le abría el
apetito.
Las voces de los Limitadores eran nasales y aflautadas, y sus palabras salían
cortadas y casi siempre incomprensibles.
Entonces uno de ellos empezó a reírse con ganas, con una risa estridente y
malévola, y los demás lo imitaron, y el coro sonó como una manada de hienas
deformes. Evidentemente, se estaban riendo de los cadáveres de sus víctimas.
Will no se atrevía a respirar, y no sólo a causa del hedor más insoportable que
hubiera olido en su vida, sino porque se moría de miedo ante la posibilidad de que
pudieran oírle.
Al acercarse los Limitadores, él se había visto obligado a esconderse en el único
lugar que había encontrado.
Estaba literalmente adherido a una de las estacas, detrás del cadáver de un