Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 250

26 Aquel perro abominable lanzaba horrendos gruñidos tirando con todas sus fuerzas de la correa. El que lo llevaba era uno de los cuatro Limitadores que paseaban por el medio del túnel. Iba haciendo todo lo posible por mantener a la bestia bajo control. En la cabeza, los soldados styx llevaban gorros negros sin brillo, y la cara estaba oscurecida por unas grandes gafas protectoras que les daban aspecto de insectos y por mascarillas respiratorias de cuero. Los gabanes que les llegaban hasta los pies tenían un peculiar dibujo de camuflaje, con rectángulos de color arenoso y parduzco. A cada paso que daban sonaba todo el equipo militar que llevaban en los cinturones y las mochilas. Era evidente que no estaban de servicio activo: no debían de esperar que apareciera nadie más por la zona. Se detuvieron entre las dos filas de cadáveres, y el que llevaba la correa del perro le dio entre dientes una orden ininteligible al animal. El perro gruñó y se sentó inmediatamente sobre las ancas, lanzando breves y furiosos gruñidos mientras adelantaba la cabeza para aspirar el rancio hedor de los cadáveres en putrefacción. Un hilo de espesa baba le manaba de las fauces, tal vez porque aquel olor le abría el apetito. Las voces de los Limitadores eran nasales y aflautadas, y sus palabras salían cortadas y casi siempre incomprensibles. Entonces uno de ellos empezó a reírse con ganas, con una risa estridente y malévola, y los demás lo imitaron, y el coro sonó como una manada de hienas deformes. Evidentemente, se estaban riendo de los cadáveres de sus víctimas. Will no se atrevía a respirar, y no sólo a causa del hedor más insoportable que hubiera olido en su vida, sino porque se moría de miedo ante la posibilidad de que pudieran oírle. Al acercarse los Limitadores, él se había visto obligado a esconderse en el único lugar que había encontrado. Estaba literalmente adherido a una de las estacas, detrás del cadáver de un