Después de tantos años viviendo como un fantasma, cambiándose de un trabajo a otro cada pocos meses y de vivienda con parecida regularidad, vivía entre los invisibles, los inmigrantes ilegales y los delincuentes de poca monta. Pero aunque ella era una especie de inmigrante, no era ninguna delincuente. Aparte de asumir diferentes identidades a lo largo de los años, no se le hubiera ocurrido quebrantar la ley de ninguna otra manera, ni aunque se viera desesperadamente necesitada de dinero. No: cualquier ilegalidad acarrearía el riesgo de ser arrestada y fichada. Y de esa forma, habría dejado un rastro por el que podrían encontrarla.
Porque los primeros treinta años de la vida de Sarah no habían sido exactamente lo que uno esperaría.
Sarah había nacido bajo tierra, en la Colonia. Su tatarabuelo, junto con varios centenares de hombres más, había sido elegido para trabajar en la ciudad oculta, jurando lealtad a sir Gabriel Martineau, el hombre al que consideraban su salvador.
Sir Gabriel les había asegurado a sus fieles seguidores que, en una fecha no especificada, el corrupto mundo de la Superficie sería barrido por un dios airado y vengativo. Todos cuantos habitaban allí arriba, los Seres de la Superficie, serían exterminados, y entonces su gente, la grey de los puros, regresaría a su legítimo hogar.
Y ahora Sarah temía lo mismo que temían sus descendientes: a los styx. Esta policía religiosa imponía el orden en la Colonia con eficiencia brutal e inquebrantable. Por increíble que pareciera, Sarah había logrado escapar de la Colonia, y los styx no se detendrían ante nada para capturarla y aplicarle un castigo ejemplar.
Entró en una plaza y la recorrió entera, comprobando que no la habían seguido. Antes de volver a la carretera principal, se escondió tras una camioneta aparcada.
La que salió un poco después de detrás de la camioneta era una persona de aspecto muy diferente. Le había dado la vuelta a la gabardina para transformar su tela de cuadros verdes en un gris triste, y se había atado al cuello un pañuelo negro transparente. Al recorrer la distancia que le quedaba hasta la estación del tren, esa ropa la hacía casi invisible contra las sucias fachadas de los edificios de oficinas y las tiendas por las que pasaba, como si fuera un camaleón humano.
Levantó la vista al oír los primeros sonidos del tren que se aproximaba. Sonrió: su cálculo del tiempo había sido perfecto.
Después de tantos años viviendo como un fantasma, cambiándose de un trabajo a otro cada pocos meses y de vivienda con parecida regularidad, vivía entre los invisibles, los inmigrantes ilegales y los delincuentes de poca monta. Pero aunque ella era una especie de inmigrante, no era ninguna delincuente. Aparte de asumir diferentes identidades a lo largo de los años, no se le hubiera ocurrido quebrantar la ley de ninguna otra manera, ni aunque se viera desesperadamente necesitada de dinero. No: cualquier ilegalidad acarrearía el riesgo de ser arrestada y fichada. Y de esa forma, habría dejado un rastro por el que podrían encontrarla.
Porque los primeros treinta años de la vida de Sarah no habían sido exactamente lo que uno esperaría.
Sarah había nacido bajo tierra, en la Colonia. Su tatarabuelo, junto con varios centenares de hombres más, había sido elegido para trabajar en la ciudad oculta, jurando lealtad a sir Gabriel Martineau, el hombre al que consideraban su salvador.
Sir Gabriel les había asegurado a sus fieles seguidores que, en una fecha no especificada, el corrupto mundo de la Superficie sería barrido por un dios airado y vengativo. Todos cuantos habitaban allí arriba, los Seres de la Superficie, serían exterminados, y entonces su gente, la grey de los puros, regresaría a su legítimo hogar.
Y ahora Sarah temía lo mismo que temían sus descendientes: a los styx. Esta policía religiosa imponía el orden en la Colonia con eficiencia brutal e inquebrantable. Por increíble que pareciera, Sarah había logrado escapar de la Colonia, y los styx no se detendrían ante nada para capturarla y aplicarle un castigo ejemplar.
Entró en una plaza y la recorrió entera, comprobando que no la habían seguido. Antes de volver a la carretera principal, se escondió tras una camioneta aparcada.
La que salió un poco después de detrás de la camioneta era una persona de aspecto muy diferente. Le había dado la vuelta a la gabardina para transformar su tela de cuadros verdes en un gris triste, y se había atado al cuello un pañuelo negro transparente. Al recorrer la distancia que le quedaba hasta la estación del tren, esa ropa la hacía casi invisible contra las sucias fachadas de los edificios de oficinas y las tiendas por las que pasaba, como si fuera un camaleón humano.
Levantó la vista al oír los primeros sonidos del tren que se aproximaba. Sonrió: su cálculo del tiempo había sido perfecto.