Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 220

perseguida. El parecido era bastante notable, así que no era nada extraño que la hubieran reconocido, entre eso y los rumores que probablemente se hubieran propagado desde la Colonia de que los styx la habían traído de vuelta. Había otros cuatro grabados, más pequeños, uno en cada esquina, enmarcados en el dibujo de parecidos marcos redondos y estilizados, pero no había tiempo de examinarlos. Dobló el papel y tomó aliento. Aparentemente, no había nada que temer, no había ninguna amenaza, así que levantó la cabeza, echándose el pañuelo a la espalda, mientras seguía caminando, entre una multitud que abarrotaba cada lado de la calle. No los reconocía, ni miraba a derecha ni izquierda, pero seguía caminando mientras el clamor se hacía aún más tumultuoso. Los silbidos de admiración, los hurras y la salmodia de «¡Sarah! ¡Sarah! ¡Sarah!» llegaban hasta el techo rocoso de la caverna, y el eco regresaba hasta el suelo y se mezclaba con el tumulto que surgía a su alrededor. Sarah llegó hasta el estrecho pasaje que conducía al otro lado de los Rookeries. Sin mirar atrás, entró, dejando tras ella a la muchedumbre. Pero sus gritos seguían resonándole en los oídos, igual que el ritmo de los objetos que golpeaban contra las vigas y las paredes. Al salir a la calle más importante, donde se levantaban las casas de colonos más ricos, Sarah se detuvo, intentando poner en orden sus pensamientos. Se sentía mareada sólo con intentar comprender lo que acababa de ocurrir. No podía creerse que toda aquella gente, a quien nunca había visto, la hubiera reconocido y le hubiera otorgado su admiración. Al fin y al cabo, ellos eran los habitantes de los Rookeries, los que ni respetaban ni admiraban a nadie fuera de los límites de su barrio. No era su forma habitual de proceder. Antes de aquello, no había tenido ni el más leve presentimiento de que pudiera ser famosa. Acordándose de la hoja de papel que seguía en su mano, la abrió y empezó a examinarla. El propio papel era tosco y tenía los bordes raídos, pero no notó esto cuando sus ojos leyeron su propio nombre, que aparecía en la cabecera de la hoja, escrito en letras muy adornadas en el interior de una cartela que ondeaba como una bandera al viento. Y allí estaba ella, en un retrato tan claro como el día, en medio de la hoja. El artista había hecho un buen trabajo y el resultado se parecía mucho a ella. Alrededor de su retrato, una niebla estilizada y tenue, que tal vez quisiera representar la oscuridad, formaba un marco ovalado, y en las cuatro esquinas de la hoja estaban las cuatro imágenes en redondo que no había podido mirar antes.