Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Seite 221

Estaban tan logradas como el retrato principal; una la mostraba inclinada sobre la cuna de su bebé, con las lágrimas brillándole en el rostro. Al fondo se veía una figura en sombra, que ella supuso que sería su esposo; estaba de pie, cerca de la cuna, en la misma posición en que había aguardado la muerte de su hijo.
El siguiente círculo la mostraba con sus dos hijos, saliendo a hurtadillas de la casa, y otra la mostraba en un túnel semiiluminado, luchando valerosamente con un colono. La última mostraba a un gran grupo de styx armados con hoces que le pisaban los talones a una figura con falda que corría por un túnel intentando escapar de ellos. Allí el artista se había tomado ciertas licencias, porque la cosa no había ocurrido así realmente, pero era una buena manera de explicar que Sarah había huido desesperadamente de los styx. Respondiendo a un impulso instintivo, Sarah estrujó la hoja: estaba estrictamente prohibido mostrar ningún tipo de imágenes de los styx, sólo en los Rookeries se podían atrever a semejante cosa. No le entraba en la cabeza: allí aparecía su vida … ¡ en cinco dibujos! Seguía negando con la cabeza, sin podérselo creer, cuando oyó un suave crujir de cuero y levantó la mirada. Lo que vio la dejó paralizada.
Cuellos completamente blancos y largos gabanes negros que ondulaban a la luz de las farolas: eran styx. Era una gran patrulla, tal vez dos docenas. La estaban mirando, quietos y en silencio, formados en una fila irregular en el lado opuesto de la calle. La escena recordaba una vieja fotografía del salvaje Oeste: una partida de jinetes en torno al sheriff antes de salir en busca de un forajido. Pero en aquella foto, el sheriff no era lo que uno se hubiera esperado.
Sarah vio que, en el centro de la fila de delante, daba un paso al frente una styx más pequeña. Reconoció inmediatamente a Rebecca. Allí, orgullosa y dominante delante de sus hombres, no parecía haber nada que transmitiera una sensación tal de fuerza y poderío como ella. ¡ Pero si Rebecca no era más que una niña!
¿ Quién demonios era realmente? Sarah pensó en ello, y no por primera vez. ¿ Se trataba de un miembro de la legendaría clase dominante de los styx? Ninguna persona normal de la Colonia había llegado nunca lo bastante alto como para descubrir si era verdad que existía esa clase dominante. Pero si Sarah quería una prueba de esa existencia, la tenía allí, ante sus ojos. Quienquiera que fuera, tenía que estar justo allí, en la mismísima cúspide de la sociedad, y nacida para mandar.
Rebecca hizo con la mano un leve gesto en el aire que indicaba a los styx que permanecieran donde estaban. Mientras continuaba la salmodia, apagada ya en los
Estaban tan logradas como el retrato principal; una la mostraba inclinada sobre la cuna de su bebé, con las lágrimas brillándole en el rostro. Al fondo se veía una figura en sombra, que ella supuso que sería su esposo; estaba de pie, cerca de la cuna, en la misma posición en que había aguardado la muerte de su hijo.
El siguiente círculo la mostraba con sus dos hijos, saliendo a hurtadillas de la casa, y otra la mostraba en un túnel semiiluminado, luchando valerosamente con un colono. La última mostraba a un gran grupo de styx armados con hoces que le pisaban los talones a una figura con falda que corría por un túnel intentando escapar de ellos. Allí el artista se había tomado ciertas licencias, porque la cosa no había ocurrido así realmente, pero era una buena manera de explicar que Sarah había huido desesperadamente de los styx. Respondiendo a un impulso instintivo, Sarah estrujó la hoja: estaba estrictamente prohibido mostrar ningún tipo de imágenes de los styx, sólo en los Rookeries se podían atrever a semejante cosa. No le entraba en la cabeza: allí aparecía su vida … ¡ en cinco dibujos! Seguía negando con la cabeza, sin podérselo creer, cuando oyó un suave crujir de cuero y levantó la mirada. Lo que vio la dejó paralizada.
Cuellos completamente blancos y largos gabanes negros que ondulaban a la luz de las farolas: eran styx. Era una gran patrulla, tal vez dos docenas. La estaban mirando, quietos y en silencio, formados en una fila irregular en el lado opuesto de la calle. La escena recordaba una vieja fotografía del salvaje Oeste: una partida de jinetes en torno al sheriff antes de salir en busca de un forajido. Pero en aquella foto, el sheriff no era lo que uno se hubiera esperado.
Sarah vio que, en el centro de la fila de delante, daba un paso al frente una styx más pequeña. Reconoció inmediatamente a Rebecca. Allí, orgullosa y dominante delante de sus hombres, no parecía haber nada que transmitiera una sensación tal de fuerza y poderío como ella. ¡ Pero si Rebecca no era más que una niña!
¿ Quién demonios era realmente? Sarah pensó en ello, y no por primera vez. ¿ Se trataba de un miembro de la legendaría clase dominante de los styx? Ninguna persona normal de la Colonia había llegado nunca lo bastante alto como para descubrir si era verdad que existía esa clase dominante. Pero si Sarah quería una prueba de esa existencia, la tenía allí, ante sus ojos. Quienquiera que fuera, tenía que estar justo allí, en la mismísima cúspide de la sociedad, y nacida para mandar.
Rebecca hizo con la mano un leve gesto en el aire que indicaba a los styx que permanecieran donde estaban. Mientras continuaba la salmodia, apagada ya en los