enojó consigo misma por no haber cogido la navaja.
Estaba casi a su lado cuando, con sorpresa y alivio, vio que él pegaba con el
garrote en el dintel de la puerta, por encima de su cabeza, y gritaba su nombre con voz
ronca. Su amigo lo imitó, como hacía todo el grupo de viejas que tenía detrás.
—¡Sarah! ¡Sarah! ¡Sarah!
La calle entera entraba en ebullición, como si las vigas de