Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 218
Aunque no tenía la más leve duda de que se las podría apañar si las cosas se
ponían mal, sintió un escalofrío de antiguos terrores, un calambre eléctrico bien
conocido que le recorrió la columna vertebral. Treinta años antes, aquello era lo que
tanto los atraía a ella y a su hermano, el comienzo de la batalla. Lo extraño era que
ahora descubría en su miedo algo que le resultaba reconfortante.
—¡Eh, eres tú! —gritó alguien detrás de ella, sacándola de sus pensamientos—.
¡Jerome!
—¿Qué? —gritó Sarah casi sin voz.
Se volvió para encontrarse con los ojos enrojecidos de una vieja. Tenía la cara
llena de enormes manchas de vejez, y la señalaba con un dedo artrítico y acusador.
—Jerome —repitió la vieja con aspereza, esta vez incluso más alto y con más
seguridad, abriendo tanto la boca que Sarah podía verle las encías sonrosadas, sin
dientes. Entonces se dio cuenta de que el pañuelo se le había caído hacia un lado, y
por eso su cara había quedado a la vista del grupo de mujeres. Pero ¿cómo, por Dios,
sabían quién era ella?
—Jerome, ¡sí, es Jerome! —gritó otra de las mujeres con seguridad aún mayor—.
¡Es Sarah Jerome, sí señor!
Aunque se encontraba en una vorágine de confusiones, Sarah hizo todo lo que
pudo para tranquilizarse y evaluar sus opciones rápidamente. Tomó nota de las
puertas cercanas, calculando que en el peor de los casos tal vez pudiera meterse en
alguna de aquellas casas medio en ruinas y perderse en el laberinto de pasadizos que
había por debajo de ellas. Pero no parecía fácil, porque las puertas estaban bien
cerradas o incluso tapadas con tablas.
Estaba encerrada, con sólo dos caminos por los que escapar: hacia delante o hacia
atrás. Vio el callejón que salía tras las viejas, y estaba calculando si podría echar a
correr por él hasta salir de los Rookeries, cuando una de las mujeres lanzó un grito
desgarrador:
—¡Sarah!
A Sarah la estremeció el fuerte volumen del alarido, que fue seguido por un
silencio misterioso y expectante que inundó el lugar.
Se dio la vuelta para alejarse de las viejas, sabiendo que tendría que pasar al lado
del barbudo. ¡La suerte estaba echada! Ahora tendría que vérselas con él.
Al acercarse, el hombre levantó el garrote hasta la altura del hombro, y Sarah se
preparó para luchar, quitándose el pañuelo de la cabeza y enrollándolo en el brazo. Se