Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 217

Se paró para arreglarse el pañuelo que llevaba a la cabeza mientras pasaba a su lado una pandilla de pilludos harapientos. Estaban tan sucios que apenas se los distinguía de la mugre que cubría toda la superficie. Dos de ellos, que eran niños pequeños, iban gritando: «¡Los styx y las piedras me romperán los huesos, pero las palabras nunca me herirán!» a pleno pulmón mientras perseguían a los otros. Su irreverencia la hizo sonreír. Si hubieran gritado tal cosa fuera de los límites de los Rookeries, el castigo habría sido rápido y brutal. Uno de los chicos saltó por encima del reguero que corría por el medio de la calle, pasando ante un cónclave de viejas que llevaban en la cabeza pañuelos parecidos al de Sarah. Iban contándose cotilleos y asintiendo con la cabeza. Casi sin mirar, una de las mujeres se apartó del grupo justo cuando el muchacho estaba a su alcance. Le soltó una buena reprimenda, dándole un montón de cachetes con una fuerza innecesaria. La mujer tenía la cara arrugada y llena de verrugas, y estaba tan pálida como un fantasma. El chico se tambaleó ligeramente, pero después, frotándose la cabeza y rezongando entre dientes, salió corriendo como si tal cosa. Sarah no pudo contener una carcajada: veía en el niño al jovencito Tam, con la misma dureza y capacidad de recuperación que había admirado siempre en su hermano. Los niños siguieron burlándose unos de otros con su voz infantil, y riendo y chillando se metieron a la carrera por un callejón por el que se perdieron de vista. Unos diez metros más allá, hablaban en una puerta un par de hombres de aspecto brutal, ambos con el pelo largo y barba lacia y apelmazada, y vestidos con desaliñada levita. Vio que la observaban con mirada maliciosa y despectiva. El más grande de los dos bajó la cabeza como un bulldog a punto de atacar, e hizo como si fuera a ir hacia ella. Se sacó un garrote nudoso y retorcido que llevaba colgado del grueso cinturón, y ella lo vio manejarlo con soltura en la mano. No se trataba de ninguna broma: estaba claro que sabía utilizarlo. Estas gentes no solían recibir demasiado bien a los forasteros que se salían de su camino habitual para meterse por el de ellos. Sarah le devolvió aquella fría mirada y avanzó muy despacio. Si continuaba su camino original, tendría que pasar a su lado: no había alternativa, salvo la de dar media vuelta, y eso sería visto como un signo de debilidad. Si sospechaban, aunque fuera por un segundo, que tenía miedo y que se arrepentía de estar allí, probarían a hacer algo: así era como funcionaban las cosas en aquel lugar. Sarah sabía que ella y aquel extraño estaban jugando una partida, y que esa partida tendría que ganarla alguien, de una o de otra manera.