Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 216
burlado a varios colonos policías que hacían la ronda de las calles adyacentes, y no quería que la descubrieran en aquel momento. Se metió en un recoveco oculto, detrás de una antigua fuente de agua con caño de un deslustrado bronce viejo, y se agachó para examinar la oscura entrada al otro lado de la calle.
Alzó los ojos para observar los muros altos, sin ventanas, de los edificios que formaban el límite del barrio. Justo desde aquel mismo punto, muchos años antes, había visto aquellos mismos edificios con ojos de niña. Entonces, como ahora, daban la impresión de no haber sabido presentar batalla contra los estragos del tiempo. Los muros estaban plagados de grietas inquietantes, y había muchos huecos grandes dejados por piedras que simplemente se habían caído al suelo. Toda la obra de los muros parecía encontrarse en tan mal estado, que en cualquier momento podía venirse abajo y caer encima de algún desventurado viandante.
Pero las apariencias pueden resultar engañosas. La zona en que estaba a punto de entrar había sido una de las primeras en construirse cuando se estableció la Colonia, y los muros de las casas eran lo bastante fuertes para resistir cualquier cosa que el hombre o el tiempo pudiera arrojar contra ellas.
Respiró hondo y corrió por la calle. Luego se metió en un pasaje completamente oscuro que tenía apenas la anchura suficiente para permitir pasar a dos personas al mismo tiempo. De inmediato, el olor la sacudió como una bofetada: era el olor viciado de los habitantes, un hedor de plebe tan fuerte que casi se podía tocar, y que iba mezclado con el olor de los orines y de los restos podridos de comida.
Salió a un callejón tristemente iluminado. Como todas las calles y canales que atravesaban aquel distrito, era apenas más ancho que el pasaje que acababa de dejar.
« Los Rookeries », se dijo a sí misma, mirando a su alrededor y comprendiendo que aquel lugar al que iba a parar la gente que no tenía nada no había cambiado lo más mínimo. Empezó a caminar, reconociendo un edificio que le resultaba familiar aquí, y una puerta allá, aún salpicada con restos de la pintura que ella recordaba, y se deleitó recordando los tiempos en que Tam y ella se aventuraban por aquellos peligrosos y prohibidos andurriales.
Regodeándose en aquellos entrañables recuerdos, se fue hasta el medio del callejón, evitando el reguero abierto por el que corrían las aguas sucias con aspecto de aceite usado. A cada lado tenía las casas viejas y destartaladas cuyos pisos superiores sobresalían tanto que en algunos puntos estaban a punto de tocarse con los de enfrente.
burlado a varios colonos policías que hacían la ronda de las calles adyacentes, y no quería que la descubrieran en aquel momento. Se metió en un recoveco oculto, detrás de una antigua fuente de agua con caño de un deslustrado bronce viejo, y se agachó para examinar la oscura entrada al otro lado de la calle.
Alzó los ojos para observar los muros altos, sin ventanas, de los edificios que formaban el límite del barrio. Justo desde aquel mismo punto, muchos años antes, había visto aquellos mismos edificios con ojos de niña. Entonces, como ahora, daban la impresión de no haber sabido presentar batalla contra los estragos del tiempo. Los muros estaban plagados de grietas inquietantes, y había muchos huecos grandes dejados por piedras que simplemente se habían caído al suelo. Toda la obra de los muros parecía encontrarse en tan mal estado, que en cualquier momento podía venirse abajo y caer encima de algún desventurado viandante.
Pero las apariencias pueden resultar engañosas. La zona en que estaba a punto de entrar había sido una de las primeras en construirse cuando se estableció la Colonia, y los muros de las casas eran lo bastante fuertes para resistir cualquier cosa que el hombre o el tiempo pudiera arrojar contra ellas.
Respiró hondo y corrió por la calle. Luego se metió en un pasaje completamente oscuro que tenía apenas la anchura suficiente para permitir pasar a dos personas al mismo tiempo. De inmediato, el olor la sacudió como una bofetada: era el olor viciado de los habitantes, un hedor de plebe tan fuerte que casi se podía tocar, y que iba mezclado con el olor de los orines y de los restos podridos de comida.
Salió a un callejón tristemente iluminado. Como todas las calles y canales que atravesaban aquel distrito, era apenas más ancho que el pasaje que acababa de dejar.
« Los Rookeries », se dijo a sí misma, mirando a su alrededor y comprendiendo que aquel lugar al que iba a parar la gente que no tenía nada no había cambiado lo más mínimo. Empezó a caminar, reconociendo un edificio que le resultaba familiar aquí, y una puerta allá, aún salpicada con restos de la pintura que ella recordaba, y se deleitó recordando los tiempos en que Tam y ella se aventuraban por aquellos peligrosos y prohibidos andurriales.
Regodeándose en aquellos entrañables recuerdos, se fue hasta el medio del callejón, evitando el reguero abierto por el que corrían las aguas sucias con aspecto de aceite usado. A cada lado tenía las casas viejas y destartaladas cuyos pisos superiores sobresalían tanto que en algunos puntos estaban a punto de tocarse con los de enfrente.