Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Seite 210
tan poco como a una persona normal le costaría abrir una puerta. Se encontraban en una especie de atrio octogonal, en el que se veían aberturas que daban a otros espacios levemente iluminados. El suelo era plano y estaba sucio, y cuando Will dio unos pasos, tuvo la sensación, por la reverberación del sonido, de que las salas adyacentes eran de considerable tamaño.
— Este será nuestro hogar por un tiempo— dijo Drake desabrochándose el grueso cinturón. Se quitó la chaqueta y se la echó al hombro. A continuación se llevó la mano a la cara y se quitó el artilugio que le cubría el ojo. Entonces vieron que su otro ojo era completamente normal.
Al tenerlo delante, se dieron cuenta de lo musculosos que eran sus brazos desnudos, y de lo excepcionalmente delgado que era él. Tenía pómulos muy prominentes, y la cara era tan escuálida que los músculos resultaban casi visibles a través de la piel. Y cada pulgada de esa epidermis, que tenía la suciedad incrustada y era del color del cuero curtido, se hallaba cuajada por una telaraña de cicatrices. Algunas eran grandes, como rayas de color blanco; otras eran pequeñas y parecían pálidos filamentos que le recorrían el cuello y los lados de la cara.
Pero sus ojos, escondidos bajo las prominentes cejas, eran de un azul intenso y tenían una ferocidad tan sobrecogedora que ni Will ni Chester fueron capaces de aguantarle la mirada. Era como si lo profundo de sus ojos mostrara un atisbo de algún lugar aterrador, un lugar del que ninguno de los chicos quería saber nada.— Bien, esperad allá. Arrastrando los pies, comenzaron a caminar hacia la sala que les indicaba Drake.—¡ Pero dejad aquí las mochilas!— les ordenó y, sin dejar de mirar a los chicos, preguntó—: ¿ Todo bien, Elliott?
Will y Chester no pudieron evitar dirigir la mirada hacia la dirección en la que Drake había hablado. Del extremo superior de la cuerda colgaba la pequeña chica, inmóvil. Estaba claro que no debía de haber ido muy por detrás de ellos, pero hasta aquel momento ninguno de los dos había percibido su presencia.— Los atarás, ¿ no?— preguntó ella con voz fría, de pocos amigos.— No será necesario, ¿ verdad, Chester?— dijo Drake—. No.— El chico respondió tan presto que Will lo miró con desconcierto apenas disimulado—. ¿ Y tú?— Eh … no— murmuró Will con menos entusiasmo. Una vez en la penumbra de la habitación, se sentaron sin decirse nada sobre unos catres rudimentarios que encontraron allí. Eran los únicos muebles que había, y tenían
tan poco como a una persona normal le costaría abrir una puerta. Se encontraban en una especie de atrio octogonal, en el que se veían aberturas que daban a otros espacios levemente iluminados. El suelo era plano y estaba sucio, y cuando Will dio unos pasos, tuvo la sensación, por la reverberación del sonido, de que las salas adyacentes eran de considerable tamaño.
— Este será nuestro hogar por un tiempo— dijo Drake desabrochándose el grueso cinturón. Se quitó la chaqueta y se la echó al hombro. A continuación se llevó la mano a la cara y se quitó el artilugio que le cubría el ojo. Entonces vieron que su otro ojo era completamente normal.
Al tenerlo delante, se dieron cuenta de lo musculosos que eran sus brazos desnudos, y de lo excepcionalmente delgado que era él. Tenía pómulos muy prominentes, y la cara era tan escuálida que los músculos resultaban casi visibles a través de la piel. Y cada pulgada de esa epidermis, que tenía la suciedad incrustada y era del color del cuero curtido, se hallaba cuajada por una telaraña de cicatrices. Algunas eran grandes, como rayas de color blanco; otras eran pequeñas y parecían pálidos filamentos que le recorrían el cuello y los lados de la cara.
Pero sus ojos, escondidos bajo las prominentes cejas, eran de un azul intenso y tenían una ferocidad tan sobrecogedora que ni Will ni Chester fueron capaces de aguantarle la mirada. Era como si lo profundo de sus ojos mostrara un atisbo de algún lugar aterrador, un lugar del que ninguno de los chicos quería saber nada.— Bien, esperad allá. Arrastrando los pies, comenzaron a caminar hacia la sala que les indicaba Drake.—¡ Pero dejad aquí las mochilas!— les ordenó y, sin dejar de mirar a los chicos, preguntó—: ¿ Todo bien, Elliott?
Will y Chester no pudieron evitar dirigir la mirada hacia la dirección en la que Drake había hablado. Del extremo superior de la cuerda colgaba la pequeña chica, inmóvil. Estaba claro que no debía de haber ido muy por detrás de ellos, pero hasta aquel momento ninguno de los dos había percibido su presencia.— Los atarás, ¿ no?— preguntó ella con voz fría, de pocos amigos.— No será necesario, ¿ verdad, Chester?— dijo Drake—. No.— El chico respondió tan presto que Will lo miró con desconcierto apenas disimulado—. ¿ Y tú?— Eh … no— murmuró Will con menos entusiasmo. Una vez en la penumbra de la habitación, se sentaron sin decirse nada sobre unos catres rudimentarios que encontraron allí. Eran los únicos muebles que había, y tenían