Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 209

Como su lamparilla proyectaba una luz mucho más intensa que las de los chicos, Will descubrió entonces que el brillo del suelo y de las paredes del túnel, que había supuesto que se debería a la humedad, tenía en realidad una causa muy distinta. Las paredes y el suelo estaban surcados por una gran cantidad de vetas doradas, como una enorme telaraña de metal precioso. Las vetas brillaban con mil diminutos puntitos de luz, convirtiendo el espacio en que se encontraban en un calidoscopio de tonos amarillos y cálidos. —¡Qué pasada! —exclamó Chester. —¡Oro! —murmuró Will sin podérselo creer. Al bajar la vista comprobó sorprendido que sus brazos estaban moteados de puntos brillantes, y después se dio cuenta de que Chester y el hombre estaban también cubiertos de los mismos brillos. Los tres tenían una buena cantidad de esos puntitos luminosos en la ropa y en la piel, que sin duda se les habían pegado del polvo brillante que flotaba en la superficie de la poza que acababan de atravesar. —Me temo que no —dijo Drake, que se había puesto en pie delante de ellos—. Sólo es un compuesto de hierro al que llaman «el oro de los tontos»: pirita. —Por supuesto —confirmó Will, recordando el ejemplar brillante de forma cúbica que le había llevado a casa su padre en cierta ocasión para su colección de minerales —. Pirita —repitió, algo avergonzado por su equivocación. —Puedo enseñaros sitios donde hay oro de verdad, donde podréis coger todo el que queráis —explicó Drake contemplando las paredes—. Pero ¿de qué sirve el oro si no hay dónde gastarlo? —Su voz volvió a adoptar un tono frío cuando señaló las mochilas y les ordenó—: Coged vuestras cosas, tenemos que seguir. En cuanto estuvieron listos, se volvió y reemprendió la marcha con su aire apremiante, recorriendo con zancadas largas y seguras aquel túnel exquisitamente dorado. Marcharon a buen paso por un confuso laberinto de pasajes rocosos, y transcurrió bastante tiempo hasta que llegaron a una pendiente que conducía a un espacio abovedado. Una vez allí, Drake buscó algo a tientas y tiró de una cuerda con nudos que pendía de lo alto. —¡Arriba! —indicó ofreciéndoles la cuerda. Will y Chester treparon los aproximadamente diez metros que había hasta llegar arriba y aguardaron allí, jadeando por el esfuerzo. Drake los siguió: trepar le costaba