Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 204
Drake pareció abrirse un poco más, tal vez por efecto de la sorpresa. Lanzó un suspiro
y se cruzó de brazos, cogiéndose la barbilla en actitud pensativa.
—Eso me parecía. —Miró al chico fijamente, negando con la cabeza—. Pero me
disgusta no comprender algo enseguida. Suelo actuar rápidamente… deshaciéndome
de lo que sea. Vamos, chaval, contéstame sin pérdida de tiempo: ¿quién y qué eres?
Will decidió que más le valía obedecer a aquel hombre y responder a su pregunta.
—Nací en la Colonia, pero mi madre me sacó de allí —contestó—. Me llevó a la
Superficie.
—¿Cuándo llegaste a la Superficie? —Cuando tenía dos años, ella…
—Basta —le interrumpió el hombre alzando la mano—. No te he pedido que me
cuentes la historia de tu vida. Pero esto tiene buena pinta. Y te convierte en una… en
una rareza. —Clavó los ojos en la oscuridad que se extendía detrás de los chicos—.
Creo que deberíamos llevarlos de vuelta. Ya decidiremos más tarde qué hacer con
ellos, ¿no te parece, Elliott?
Otra persona, de más corta estatura que Drake, y no más alta que Will, se hizo
visible de repente al dar un paso adelante con el sigilo de un gato. Incluso con aquella
luz tan tenue pudieron distinguir las curvas del cuerpo de una chica bajo la chaqueta y
los pantalones holgados, una ropa parecida a la que llevaba Drake. Se cubría la cabeza
con un amplio pañuelo árabe color caqui, una shemagh, que le tapaba toda la cara,
salvo los ojos, que no miraron ni un instante a los chicos.
Iba armada con una especie de rifle; lo blandió y se apoyó en él después de hundir
en el suelo la culata. El arma parecía pesar mucho. El recio soporte de la mira del
grueso cañón tenía un brillo apagado como si el metal no estuviera pulido.
El arma era casi tan grande como ella y resultaba claramente desproporcionada
para una chica de cuerpo tan ligero.
Los dos muchachos contuvieron el aliento esperando que hablara. Pero tras un par
de segundos, ella se limitó a asentir con la cabeza y volvió a echarse el rifle a la
espalda como si no pesara más que una caña de bambú.
—Vamos —les ordenó Drake.
No volvió a vendarles los ojos, pero les dejó las manos atadas. El hombre se
movía con rapidez y seguridad aunque caminaban casi en la total oscuridad, pues sólo
contaban con la débil luz de su lamparilla de minero para iluminar el camino.
Siguieron a la fornida figura que los fue conduciendo por un paisaje monótono.
Pese a la falta de señales, Drake parecía conocer con absoluta seguridad el camino que