Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 199

—¡Bruag! ¡Qué asco! —gritó— En este lugar el servicio es deplorable. —Y puso la taza sobre el plato pegando un golpe—. ¡Todo está paralizado! —se quejó a nadie en particular, sabiendo muy bien que la mayor parte del personal no había acudido a trabajar—. Es como si estuviéramos en guerra. —La hay —dijo una voz bien modulada. La señora Burrows subió uno de los hinchados párpados para ver quién había hablado. En otra mesa, un hombre vestido con chaqueta de cheviot que debía de andar por los cincuenta y tantos hundía un trozo de tostada con mantequilla en su huevo pasado por agua con movimientos medidos y parsimoniosos. Como ella, él parecía muy a gusto solo, ya que se había sentado en una mesa pequeña que había junto a la otra ventana. En el comedor no había nadie más que ellos dos. Desde luego, los últimos dos días resultaban bastante extraños, con poquísimos empleados de ojos inflamados y llorosos que hacían todo lo que podían por atender a los internos, que en su mayor parte guardaban cama. —Mmm… —dijo el hombre, y asintió con la cabeza, como si estuviera conforme consigo mismo. —¿Cómo ha dicho? —He dicho que estamos en guerra —declaró mascando su trocito de tostada untada en yema de huevo. Por lo que se veía, él había sido afectado muy levemente por el virus. —¿Cómo lo sabe? —preguntó la señora Burrows de manera agresiva, aunque de inmediato se lamentó de haber hablado, porque el hombre tenía un sospechoso aspecto de representante: un profesional que se había rayado por el trabajo y ahora estaba reponiéndose. Si se reponían, aquel tipo de pacientes podían ser tremendamente arrogantes e insoportablemente pomposos. En aquella fase de recuperación eran gente difícil de ignorar, pero merecía la pena hacer el esfuerzo. Agachó la cabeza deseando que la dejara en paz y prestara toda su atención al huevo pasado por agua, pero no iba a tener tanta suerte. —… Y nosotros estamos en el bando perdedor —dijo él mientras masticaba—. Estamos sometidos al ataque constante de los virus. Podrían acabar con todos nosotros antes de que usted tenga tiempo de decir Amén. —Pero ¿qué dice? —murmuró la señora Burrows incapaz de contenerse—. ¡Qué tonterías! —Todo lo contrario —respondió él frunciendo el ceño—. Con el planeta tan