Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 198
Se había sentido en perfectas condiciones la noche anterior, pero al despertarse
por la mañana con el timbre que sonaba fuera de la habitación, se había encontrado en
un auténtico infierno. Tuvo inmediata conciencia de la dolorosa sequedad de la nariz y
de la irritación extrema de la lengua y la garganta. Pero todo eso resultó
completamente insignificante cuando trató de abrir los ojos y se dio cuenta de que los
párpados estaban tan fuertemente pegados que no podía. Tan sólo después de
lavárselos con grandes cantidades de agua caliente en el lavabo de la habitación,
operación que había ido acompañada por unas expresiones que hubieran hecho
enrojecer a un legionario, logró separarlos ligeramente. Pese a toda el agua con la que
los había lavado, los ojos seguían como cerrados por una costra que no se iría de allí a
menos que la frotara con un estropajo.
En aquel momento, sentada a la mesa, soltó un gemido lastimero. Aquello de
frotarse sin parar sólo parecía empeorar las cosas. Con las lágrimas cayéndole por la
cara, se llenó la cuchara hasta arriba de copos de maíz y, utilizando sólo uno de sus
enrojecidos ojos, volvió a intentar sumergirse en la lectura del Radio Times, la revista
de la programación de radio y televisión que tenía en la mesa delante de ella. Era el
último número, recién distribuido aquella misma mañana y que había sustraído de la
sala de estar antes de que nadie hubiera podido ponerle las manos encima. Pero no le
servía de nada: apenas podía leer con mucho esfuerzo los titulares de cada página, así
que la letra pequeña en que venía la programación estaba completamente fuera de sus
posibilidades.
—¡Qué asquerosa epidemia! —se volvió a quejar en voz alta. El comedor se
encontraba increíblemente tranquilo para ser aquella hora de la mañana; en cualquier
día normal, hasta el primer turno del desayuno estaba saludablemente concurrido.
Rechinando los dientes de pura impotencia, dobló la servilleta y utilizó el borde
para limpiarse con cuidado cada uno de los llorosos ojos. Tras emitir una serie de
ruidos próximos al mugido de una vaca, que realizó intentando despejar las fosas
nasales, se sonó la nariz en la servilleta de forma estruendosa. Después, parpadeando
varias veces con rapidez, trató de nuevo de enfocar las páginas de la revista.
—Todo es inútil, no veo un burro a tres pasos. ¡Es como si tuviera arena en los
ojos! —dijo apartando el cuenco de cereales.
Con los ojos cerrados, se recostó en el respaldo de la silla y cogió la taza de té. Al
llevársela a los labios para tomar un sorbo, lo escupió ruidosamente en forma de fino
rocío que cayó por toda la mesa: estaba frío.