Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Seite 197

nueva orden. Ella masajeó la áspera parte superior de la cabeza del gato, que era plana y ancha.— Así que ése es tu nombre, ¿ eh, Bartleby? El gato cerró y abrió los párpados de sus enormes ojos sin dejar de mirarla, y un ronroneo estrepitoso salió de las profundidades de su garganta mientras desplazaba el peso del cuerpo de una pata delantera a la otra.
— Entre tú y yo encontraremos a Cal, ¿ a que sí, Bartleby?— Pero a continuación la sonrisa se borró de su rostro al decir—: Y de paso nos ocuparemos de una rata apestosa.
En la rosaleda del jardín de Humphrey House, las palomas se posaban junto a los comederos en que el cocinero les dejaba regularmente unas rebanadas de pan duro y otros restos de la cocina. Distraída de aquel modo de la revista que tenía abierta ante sí, la señora Burrows levantó la mirada e intentó fijar en los pájaros la mirada de sus ojos hinchados y enrojecidos.
—¡ Maldita sea! ¡ No consigo ver nada, ya no digamos leer!— gruñó probando a guiñar primero un ojo y después el otro—. ¡ Este cochino virus!
Hacía una semana que las noticias habían empezado a informar sobre un misterioso brote viral que parecía, según todos los indicios, haberse originado en Londres, y desde allí se estaba propagando como el fuego al resto del país. Incluso parecía haber llegado tan lejos como a Estados Unidos, por un lado, y al sudeste asiático, por el otro. Los expertos decían que aunque la enfermedad, que era una especie de megaconjuntivitis, duraba poco, unos cuatro o cinco días como mucho por término medio, la velocidad de propagación era un serio motivo de alarma. Los medios de comunicación llamaban al virus causante el « superviajero », porque tenía la extraña característica de transmitirse, según parecía, tanto por el agua como por el aire. Una combinación definitiva y demoledora si lo que se quiere es que un virus viaje por el mundo con rapidez.
Según esos mismos expertos, incluso si el Gobierno decidía poner manos a la obra para fabricar una vacuna, el proceso de pleno desciframiento del nuevo virus y la producción de unidades suficientes para toda la población de Inglaterra llevaría meses, si no años.
Pero a la señora Burrows no le preocupaban ni la ponían fuera de sí los entresijos científicos, sino sus propias molestias. Posó la cuchara en el cuenco de los cereales y se frotó los ojos por enésima vez.
nueva orden. Ella masajeó la áspera parte superior de la cabeza del gato, que era plana y ancha.— Así que ése es tu nombre, ¿ eh, Bartleby? El gato cerró y abrió los párpados de sus enormes ojos sin dejar de mirarla, y un ronroneo estrepitoso salió de las profundidades de su garganta mientras desplazaba el peso del cuerpo de una pata delantera a la otra.
— Entre tú y yo encontraremos a Cal, ¿ a que sí, Bartleby?— Pero a continuación la sonrisa se borró de su rostro al decir—: Y de paso nos ocuparemos de una rata apestosa.
En la rosaleda del jardín de Humphrey House, las palomas se posaban junto a los comederos en que el cocinero les dejaba regularmente unas rebanadas de pan duro y otros restos de la cocina. Distraída de aquel modo de la revista que tenía abierta ante sí, la señora Burrows levantó la mirada e intentó fijar en los pájaros la mirada de sus ojos hinchados y enrojecidos.
—¡ Maldita sea! ¡ No consigo ver nada, ya no digamos leer!— gruñó probando a guiñar primero un ojo y después el otro—. ¡ Este cochino virus!
Hacía una semana que las noticias habían empezado a informar sobre un misterioso brote viral que parecía, según todos los indicios, haberse originado en Londres, y desde allí se estaba propagando como el fuego al resto del país. Incluso parecía haber llegado tan lejos como a Estados Unidos, por un lado, y al sudeste asiático, por el otro. Los expertos decían que aunque la enfermedad, que era una especie de megaconjuntivitis, duraba poco, unos cuatro o cinco días como mucho por término medio, la velocidad de propagación era un serio motivo de alarma. Los medios de comunicación llamaban al virus causante el « superviajero », porque tenía la extraña característica de transmitirse, según parecía, tanto por el agua como por el aire. Una combinación definitiva y demoledora si lo que se quiere es que un virus viaje por el mundo con rapidez.
Según esos mismos expertos, incluso si el Gobierno decidía poner manos a la obra para fabricar una vacuna, el proceso de pleno desciframiento del nuevo virus y la producción de unidades suficientes para toda la población de Inglaterra llevaría meses, si no años.
Pero a la señora Burrows no le preocupaban ni la ponían fuera de sí los entresijos científicos, sino sus propias molestias. Posó la cuchara en el cuenco de los cereales y se frotó los ojos por enésima vez.