Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 193
comentario, y también Joseph permaneció callado, como si siguiera avergonzado de
su indiscreción.
—Así que ¿vas a volver cuando todo haya acabado? —preguntó él al final.
—Sí, los Cuellos Blancos dicen que podré volver en cuanto termine cierto asunto
que tengo que hacer para ellos. —Empujó hacia dentro una miga que se le había
quedado en la comisura del labio, miró hacia la puerta con añoranza, y suspiró—.
Aunque logres escapar de ellos y llegar a la Superficie, hay una parte de ti que no se
va. Te atrapan mediante todas esas cosas que amas, mediante la familia… Me he dado
cuenta de eso… —dijo con una voz llena de remordimientos— demasiado tarde…
Joseph se puso en pie y le recogió el plato. —Nunca es demasiado tarde —
murmuró yendo hacia la puerta con toda su corpulencia.
Durante los siguientes días a Sarah le mandaron descansar y recuperar fuerzas. Al
final, cuando empezaba a pensar que la inactividad la volvería loca, llegó un hombre
para conducirla a otra estancia. Iba vestido igual que Joseph, pero era más pequeño y
bastante mayor, y tenía la cabeza completamente calva. Sus movimientos resultaban
espantosamente lentos al acompañarla por el pasillo.
Se volvió hacia Sarah levantando sus blancas y esponjosas cejas en un gesto de
disculpa:
—Las articulaciones —explicó— la humedad se me ha metido dentro.
—Eso le puede pasar a cualquiera —respondió ella recordando cómo había
quedado lisiado su padre por la artritis crónica.
El viejo la hizo pasar a una estancia de considerables proporciones en cuyo centro
había una larga mesa, y en los muros una sucesión de armarios bajos. Luego salió
arrastrando los pies y sin decir ni una palabra, y la dejó preguntándose para qué la
habría llevado allí. Había dos sillas de respaldo alto en lados opuestos de la mesa. Se
acercó a la que tenía más próxima y se quedó detrás de ella, en pie. Paseando la vista
por la estancia, sus ojos se quedaron un rato contemplando el altarcillo que había en la
esquina, donde había una cruz de metal de aproximadamente medio metro de altura
entre dos cirios encendidos y ante un ejemplar abierto del Libro de las Catástrofes.
Después se fijó en algo que había sobre la mesa. Era una enorme hoja de papel
con trozos coloreados, que, desplegada como estaba, ocupaba una gran parte de la
superficie de la mesa. Mirando por encima del hombro, observó la puerta,
preguntándose qué se suponía que tenía que hacer. Entonces cedió a la curiosidad y,
acercándose, se inclinó sobre la hoja.