Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Seite 194

Vio que era un mapa. Empezó a examinarlo por la esquina superior izquierda, fijándose en dos diminutas líneas paralelas meticulosamente sombreadas que, al cabo de varios centímetros, culminaban en una zona en la que había una serie de rectángulos pequeñísimos. Junto a éstos aparecía la inscripción «Estación de los Mineros» y algunos símbolos que no conocía. Después se desplazó para leer otra inscripción que figuraba junto a una línea azul oscuro llena de curvas: «Río Estigio». Se fue alejando de la esquina, paseando la vista por el resto del mapa, por donde había una enorme área de color marrón claro con muchas manchitas conectadas entre sí, algunas de las cuales estaban pintadas de diferentes colores, como marrón oscuro, naranja, y toda una gama de rojos que iba del carmesí hasta el burdeos fuerte. Todos aquellos colores le parecían sangre en distintos grados de coagulación. Intentó ver si podía descubrir lo que representaban en el mapa. Eligiendo al azar una de aquellas zonas, se inclinó un poco más para examinarla mejor. Era de color escarlata brillante, toscamente rectangular, con una diminuta calavera de color negro azabache superpuesta. Estaba intentando descifrar la leyenda que había junto a ella cuando oyó un sonido cercano, como una levísima respiración. Levantó la vista de inmediato. Retrocedió, pegándose a la silla y haciendo un esfuerzo para no gritar. En el otro lado de la mesa había un soldado styx vestido con el uniforme de faena de la División, que era de un inconfundible color gris verdoso. Era increíblemente alto y estaba en pie, con las manos enlazadas por delante, a poco más de un metro de distancia de ella, examinándola en silencio. Sarah no tenía ni la menor idea de cuánto tiempo llevaba allí. Al levantar los ojos vio que en la solapa de su largo gabán había una fila de cortas hebras de algodón que sobresalían. Eran de diferentes colores: rojas, moradas, azules y verdes, entre otros colores. Como las medallas que daban en la Superficie, aquello también eran condecoraciones por actos de valor, y había tantas que no se podían contar. Levantó los ojos un poco más. Llevaba su pelo negro recogido en una prieta cola de caballo. Al fijar los ojos en la cara del soldado, Sarah tuvo que hacer un esfuerzo para no retroceder otro paso. Era una imagen aterradora. En un lado de la cara tenía una enorme cicatriz, no muy diferente de una coliflor ni en color ni en textura. Comprendía una tercera parte de la frente y se extendía al ojo izquierdo, que estaba tan mal formado que parecía como si hubiera rotado noventa grados en su eje. La cicatriz alcanzaba su plenitud en la mejilla