Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 188

El styx principal bramó otra orden y mantuvo la mano en alto mientras algunos de sus hombres daban un paso al frente y apoyaban el rifle en el hombro. Entonces, con un grito entrecortado, los styx bajaron la mano y salió un destello del cañón de cada arma del pelotón de fusilamiento. Dos de las tres figuras cayeron inmediatamente. La otra se tambaleó un instante antes de desplomarse sobre las otras dos. El eco de los disparos reverberó en el cráter, y un extraño y estremecedor silencio invadió a continuación el lugar, ante los tres cuerpos inmóviles. Todo había ocurrido tan rápido que a Will y Chester les era imposible asimilar lo que acababan de ver. —No —dijo Will sin poder dar crédito a sus ojos—. Los styx… ¿no…? —Sí, acabas de presenciar una ejecución —aclaró la inexpresiva voz del hombre que se encontraba detrás de su cabeza—. Y ésos eran de los nuestros; eran amigos nuestros. A otra orden, el pelotón de fusilamiento entregó los rifles a sus camaradas más cercanos. Entonces cada uno de ellos desenfundó algo que llevaba al costado y dio varios pasos al frente. El avance de los styx sobre los coprolitas que tenían enfrente resultaba horriblemente inevitable. Los muchachos observaron a los soldados styx arremeter contra los coprolitas, que caían al suelo como árboles talados. Vieron al más próximo de los styx retirar el brazo. Al hacerlo, algo le brilló en la mano. Los demás coprolitas aguardaban en su desordenada fila, mirando hacia todos los lados. No hacían movimiento alguno para ayudar a sus hermanos caídos y, lo que era aún más sorprendente, no parecían reaccionar de ningún modo ante la muerte de sus compañeros. Era como si hubieran matado a parte de una manada de animales, y el resto del rebaño lo aceptara sin más, como bestias mudas y bobas. La voz bronca volvió a hablar: —Es suficiente. Habéis notado el filo de nuestros cuchillos. Los usaremos si no hacéis exactamente lo que os decimos. ¿Entendido? Ambos murmuraron un «sí» mientras notaban que el filo les apretaba un poco más en la garganta. —Poned los brazos a la espalda —les ordenó la voz más suave. Les ataron fuertemente las muñecas, y después les levantaron la cabeza tirando del pelo y les pusieron una venda en los ojos. Agarrándolos por los tobillos, los arrastraron despiadadamente boca abajo por la empinada pendiente por la que habían subido. Incapaces de resistirse, trataban de levantar la cabeza para separar la cara del