Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 185
—Mmm —fue la vaga respuesta de Will, que estaba examinando un guijarro con
estrías brillantes que le había llamado la atención. Al cabo de un rato lo arrojó dándole
con el pulgar.
No se necesitaba ser un psicólogo para darse cuenta de que algo le ocurría. Que la
muerte de su hermano le había afectado seriamente.
—Actúas de manera algo rara —le dijo Chester—. ¡Por Dios bendito, Will, ésos
de ahí son styx!
—Sí —confirmó Will—, con toda seguridad.
Chester se quedó horrorizado ante la total falta de preocupación que mostraba su
compañero.
—Bueno, a mí me ponen la carne de gallina. Vámonos de aquí… —apremió a su
amigo, empezando a retroceder.
—Mira a los coprolitas —dijo Will, señalando descuidadamente hacia abajo.
—¿Eh…? —preguntó Chester, intentando localizarlos—. ¿Dónde?
—Allí, enfrente de los styx… —replicó Will levantándose sobre los brazos para
ver mejor—. En su foco de luz.
—¿Dónde exactamente? —preguntó Chester en un susurro. Echó un vistazo a
Will, que estaba a su lado, y se apresuró a decirle—: ¡Por lo que más quieras, no seas
payaso! ¡Agacha la cabeza, que te van a ver!
—A sus órdenes, mi comandante —contestó Will, y obedeció.
Chester volvió a mirar hacia abajo y, a pesar del potente haz de luz de la lámpara
del styx, hasta que uno de aquellos seres no se movió no lo localizó (a Chester le
costaba trabajo pensar en los torpes y pesados coprolitas como personas). Sus ojos
luminosos apenas si se distinguían en aquella zona bien iluminada, y sus trajes de
color champiñón se camuflaban tan bien en la piedra del suelo del cráter que, aun
habiendo descubierto a uno, Chester tuvo enormes dificultades para encontrar a los
demás. El caso es que había bastantes, formados en una fila irregular delante de los
styx.
—¿Cuántos serán? —preguntó Will.
—No sabría decirlo. ¿Unos veinte, tal vez?
El styx principal paseaba por la zona comprendida entre los dos grupos. Andaba
de un lado a otro pavoneándose, cuando de repente se giró hacia los coprolitas,
dirigiendo hacia ellos la lámpara. Aunque los dos muchachos no podían oír nada de lo
que decía a causa de la distancia y del viento, por el movimiento de sus brazos y los