Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 184
materiales calientes, fundidos… —se calló en mitad de la frase.
—Contrólate, Will. ¿Qué te pasa? —La voz de Chester sonó ronca de pura
desesperación—. ¿Es que te ocurre algo?
—No lo sé —respondió, moviendo la cabeza.
—Bueno, pues cállate y concéntrate en lo que estamos haciendo. No necesito que
me des ahora una clase magistral.
—Vale. —Will parpadeó mirando a su alrededor como si acabara de salir de una
espesa niebla y no supiera muy bien dónde se encontraba. Se dio cuenta de que la
rosa del desierto seguía en su mano y la tiró bien alto. A continuación se puso la
mochila. Chester lo observaba con preocupación mientras volvía a ponerse en
marcha.
Se acercaban a la cúspide de la pendiente, y el suelo empezaba a nivelarse. Chester
vio un rayo de luz que surcaba el aire y barría el techo. Le parecía que el origen estaba
muy lejos, pero era como una especie de foco. Como precaución, bajó al mínimo la
luz de su lámpara y, ante su insistencia, Will terminó haciendo lo mismo.
Subieron el último tramo bastante agachados. Chester intentaba asegurarse de que
Will, en su impredecible estado mental, iba detrás de él. Al llegar a la cúspide vieron
un gran espacio circular del tamaño de un campo de fútbol. Era tan yermo y
polvoriento que parecía un cráter lunar.
—¡Por Dios, Will, mira! —susurró Chester, haciendo un gesto con la mano a su
amigo y apresurándose a apagar la lámpara completamente—. ¿Los ves? Parecen styx,
pero van vestidos de soldados o algo así.
En medio del cráter los chicos distinguieron a unos diez styx. Porque,
efectivamente, aunque iban vestidos de manera extraña, su cuerpo delgado y la
manera en que se movían dejaban bien claro que sólo se podía tratar de styx. Y dos de
ellos sujetaban perros de presa. Estaban alineados en una fila, aunque había otro que
estaba un poco separado y portaba una lámpara grande. Aunque la base del cráter
estaba iluminada por cuatro grandes esferas de luz montadas sobre trípodes, la
lámpara del styx principal era de una potencia asombrosa, y él la estaba dirigiendo
hacia algo que tenía delante.
Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Chester. En cuanto vio a los styx, sintió
como si se hubiera dado de bruces contra un nido de víboras, las víboras más
agresivas y letales que se pueda uno imaginar.
—¡Ah, los odio! —gruñó con los dientes apretados.