Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 173
estuviera lo bastante cerca para oírle.
—No debería hablar contigo de este modo, pero… ¿no me reconoces? —le
preguntó.
Ella entrecerró los ojos como si intentara fijarse en él, hasta que en su cara se
reflejó la sorpresa del reconocimiento.
—Joseph… —dijo él con una voz apenas audible. Sarah y él eran de la misma
edad, y de jóvenes habían sido amigos. Ella había perdido el contacto con él cuando
su familia había ido a menos y se habían visto obligados a realojarse en la Caverna
Occidental para trabajar en los campos que había allí.
Joseph le dirigió una sonrisa difícil, que encajaba mal con su cara regordeta, pero
que, por extraño que parezca, resultaba aún más tierna por el hecho de encajar mal.
—Debes saber que todo el mundo comprende por qué te fuiste, y… nosotros… —
estaba buscando las palabras adecuadas—, nosotros no nos olvidamos de ti.
Algunos…, yo…
Se oyó un portazo proveniente de algún punto del edificio, y él miró nervioso por
encima del hombro.
—Gracias, Joseph —le respondió ella tocándole en el brazo, y entró en la
habitación arrastrando los pies.
Joseph le dijo algo en un susurro y cerró la puerta suavemente tras ella, pero
Sarah no se enteró. Dejó el bolso en el suelo y se dejó caer sobre la estera, donde se
hizo un ovillo. Observó la piedra pulida del muro, allí donde arrancaba del suelo,
viendo en ella el contorno de muchas formas fósiles, la mayor parte amonitas y otros
bivalvos, pero aparecían también sutiles trazos como si algún divino diseñador los
hubiera dibujado con un lápiz de punta blanda.
Mientras trataba de organizar sus emociones y pensamientos e imponer en ellos
algo parecido a un orden, los masivos restos de fósiles, revueltos pero atrapados para
la eternidad en su postura inmóvil, casi cobraron sentido. Era como si los entendiera
de repente, como si pudiera encontrar una racionalidad en su caótica disposición, una
clave secreta que la ayudara a explicarlo todo. Pero aquel momento de clarividencia
pasó enseguida y, arropada en un silencio impenetrable, se fue deslizando poco a poco
hacia el más profundo de los sueños.