Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 172

los styx, y aunque fuera cosa que no se sabía de fijo, se le llamaba con frecuencia el Cuartel. A diferencia de la Fortaleza, a los colonos se les permitía entrar en aquel edificio, y cierto número de ellos trabajaban en él al servicio de los styx. Era a este edificio, al Cuartel, al que se dirigía el coche de caballos. Sarah se bajó y siguió a Rebecca sin hacer preguntas hasta la entrada, en la que un policía desde su garita se llevó la mano al sombrero como saludo, sin mirarlas. Una vez dentro del Cuartel, Rebecca dejó a Sarah atendida por un colono, y se fue sin demora. Sarah, a la que la cabeza se le caía de puro cansancio, dirigió una mirada al colono. Tenía la camisa arremangada, dejando ver unos fuertes antebrazos. Era bajo y fornido, ancho de pecho, como tantos de los hombres de la Colonia. Llevaba un largo delantal negro de goma, en cuyo centro había una pequeña cruz blanca. Tenía la cabeza pelada casi al cero, aunque quería asomar algo de pelo blanco, y sus enormes cejas colgaban sobre dos ojos azul claro y bastante pequeños. De piel muy semejante a la de la propia Sarah, era un «pura raza», por usar el término local para los albinos, los descendientes de algunos de los fundadores de la Colonia. El, como el policía, se habían dirigido con mucho respeto a Rebecca, pero ahora miraba a Sarah a hurtadillas mientras ella lo seguía desprovista de fuerzas. El colono fue delante de ella, indicándole el camino, por una escalera y después por varios pasillos por cuyos suelos de piedra pulida resonaban sus pisadas. Las paredes eran lisas, sin adornos, y sólo se veían interrumpidas por las numerosas puertas de hierro oscuro, que estaban todas cerradas. Llegó ante una de ellas y la abrió para Sarah. Dentro había el mismo suelo de piedra pulida, y vio una estera en la esquina, bajo una saetera que había en lo alto del muro. Al lado de la cama había un cuenco esmaltado de color blanco lleno de agua, y junto a él una jarra con un esmaltado parecido y unas lonchas de Boletus edulis, puestas sin más en un plato. La simplicidad y la desnudez de la habitación le daban la apariencia de una celda de monasterio o algún lugar de retiro religioso. Se quedó parada en el umbral de la puerta, sin hacer ademán de entrar. El hombre abrió la boca como para decir algo, pero volvió a cerrarla. Lo repitió varias veces como un pez varado en la arena, hasta que pareció reunir coraje suficiente: —Sarah —dijo con mucha amabilidad, inclinando la cabeza hacia ella. Muy despacio, ella levantó la vista hacia él, pero estaba tan cansada que no podía hacer el esfuerzo de comprender. El comprobó que no había nadie por el pasillo que