Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 168
boca y la nariz.
Arqueó la espalda y tragó un poco de aire, lo suficiente para poder gritarle a
Chester unas palabras por encima del incesante ruido de descorchar botellas:
—¡Hay que sacarlo!
Chester no necesitaba que se lo dijeran. Se había puesto de pie, pero estaba
bregando contra la invasión de aquella especie de nieve seca que llegaba a chorros.
Parpadeaba y se protegía los ojos. El aire era tan denso que al hacerle una señal con la
mano a Will, ese gesto provocó remolinos.
Will resbaló y cayó al suelo, tosiendo y ahogándose.
—No puedo respirar —dijo sin aliento, y al hacerlo, el poco aire que tenía dentro
se le escapó de los pulmones. Tendiéndose de costado, hizo todo lo posible por volver
a llenarlos. Se lamentó al recordar las máscaras de gas que él y Cal habían utilizado en
la Ciudad Eterna, y que habían tirado pensando que ya no las necesitarían para nada.
Se habían equivocado.
Will estaba tendido de costado, con una mano delante de la cara, jadeando,
incapaz de hacer nada. Por entre aquella invasión de polvo, vio que Chester tiraba del
cuerpo de Cal, que dejaba un rastro en la blancura del suelo.
Will se obligó a avanzar a rastras. Los pulmones le dolían por la falta de oxígeno y
la cabeza le daba vueltas. No podía pensar en su hermano porque sabía que él también
moriría si no salía enseguida de la caverna. Tenía la nariz y la garganta bloqueadas,
como si estuviera enterrado en harina. Haciendo un esfuerzo supremo, se puso en pie,
tambaleándose, y avanzó unos pasos para llamar a Chester para que saliera como él,
pero era imposible. No podía reunir el aire suficiente para gritar, y su amigo, con la
espalda vuelta hacia él, seguía tirando del cuerpo sin vida.
Con un enorme esfuerzo, Will avanzó unos escasos cinco metros antes de volverse
a desplomar en el suelo. Pero era suficiente: había conseguido salir de aquella
vorágine de blancura, y podía volver a aspirar algo de aire limpio.
Prosiguió arrastrándose con lentitud, pero no había llegado muy lejos cuando se
retorció y tosió tanto que terminó vomitando incontrolablemente. Quedó consternado
al ver que su vómito estaba lleno de diminutas partículas blancas y de puntitos de
sangre. Sin otro pensamiento que la idea de sobrevivir, hizo un esfuerzo por continuar
por el pasadizo a cuatro patas, avanzando a ciegas por la estrechura, y no se paró hasta
llegar a la abertura que recordaba la ranura de un buzón.
Con gran esfuerzo volvió a la Llanura Grande y se tendió allí, tosiendo,