Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 165
Y allí estaba Cal, a unos veinte metros de distancia, detenido ante lo que parecía la entrada a otra larga caverna. Mientras Will y Chester estiraban las piernas, él les hizo una seña con la mano para que lo siguieran. Entonces volvió a ponerse en marcha, sosteniendo la lámpara en la mano, delante de él. Los otros dos lo vieron salir.
— Es rápido, eso tengo que admitirlo. Me parece que tiene algo de conejo— comentó Chester, respirando de manera ya más regular.
—¿ Te encuentras mejor?— le preguntó Will notando el gesto de dolor con que se frotaba los brazos, y el sudor que le caía por la cara.— Claro.— Entonces mejor le damos alcance— dijo Will—. No me gusta este olor. Es realmente asqueroso— añadió arrugando la nariz. Llegaron al lugar en que los había esperado Cal, y echaron un vistazo al interior. Se apreciaba claramente la sequedad del aire y el olor se hacía aún más intenso. No resultaba agradable, había algo en aquel olor que hacía desconfiar, y en la mente de Will saltaron todas las alarmas. Instintivamente, se daban cuenta de que había algo falso en aquel olor, en aquel dulzor de sacarina.
Cal estaba en ese momento explorando una zona del suelo salpicada con grandes rocas de forma redondeada. Sobre estas rocas había racimos de estructuras tubulares que salían hacia arriba, algunas de las cuales alcanzaban dos metros de altura. Will no tenía ni idea de qué eran. No parecían formadas por la acción del agua como las estalagmitas, eso se veía en la manera en que estaban dispuestas. Estaban demasiado organizadas: cada racimo tenía varios tubos más grandes en el centro, de unos diez centímetros de diámetro, y en torno a éstas había grupos más pequeños que salían de forma radial, siguiendo un patrón y apuntando todos hacia arriba.
Los tubos eran de un color ligeramente más suave que la roca en la que se afirmaban, y desde donde se encontraba, Will podía distinguir que en su cara exterior tenían unos claros anillos que rodeaban el contorno cada dos centímetros. Le parecía que aquello indicaba que esas cosas iban segregando su propio recubrimiento a medida que crecían. También se dio cuenta de que estaban fijadas a las rocas por una especie de secreción resinosa, algo así como una goma de origen orgánico. ¡ Eran criaturas vivas! Fascinado, se acercó un paso.
—¿ Te parece que esto es seguro, Will?— preguntó Chester cogiéndolo del brazo para retenerlo.
Will se encogió de hombros mirando a su amigo, y se volvía a mirar otra vez hacia
Y allí estaba Cal, a unos veinte metros de distancia, detenido ante lo que parecía la entrada a otra larga caverna. Mientras Will y Chester estiraban las piernas, él les hizo una seña con la mano para que lo siguieran. Entonces volvió a ponerse en marcha, sosteniendo la lámpara en la mano, delante de él. Los otros dos lo vieron salir.
— Es rápido, eso tengo que admitirlo. Me parece que tiene algo de conejo— comentó Chester, respirando de manera ya más regular.
—¿ Te encuentras mejor?— le preguntó Will notando el gesto de dolor con que se frotaba los brazos, y el sudor que le caía por la cara.— Claro.— Entonces mejor le damos alcance— dijo Will—. No me gusta este olor. Es realmente asqueroso— añadió arrugando la nariz. Llegaron al lugar en que los había esperado Cal, y echaron un vistazo al interior. Se apreciaba claramente la sequedad del aire y el olor se hacía aún más intenso. No resultaba agradable, había algo en aquel olor que hacía desconfiar, y en la mente de Will saltaron todas las alarmas. Instintivamente, se daban cuenta de que había algo falso en aquel olor, en aquel dulzor de sacarina.
Cal estaba en ese momento explorando una zona del suelo salpicada con grandes rocas de forma redondeada. Sobre estas rocas había racimos de estructuras tubulares que salían hacia arriba, algunas de las cuales alcanzaban dos metros de altura. Will no tenía ni idea de qué eran. No parecían formadas por la acción del agua como las estalagmitas, eso se veía en la manera en que estaban dispuestas. Estaban demasiado organizadas: cada racimo tenía varios tubos más grandes en el centro, de unos diez centímetros de diámetro, y en torno a éstas había grupos más pequeños que salían de forma radial, siguiendo un patrón y apuntando todos hacia arriba.
Los tubos eran de un color ligeramente más suave que la roca en la que se afirmaban, y desde donde se encontraba, Will podía distinguir que en su cara exterior tenían unos claros anillos que rodeaban el contorno cada dos centímetros. Le parecía que aquello indicaba que esas cosas iban segregando su propio recubrimiento a medida que crecían. También se dio cuenta de que estaban fijadas a las rocas por una especie de secreción resinosa, algo así como una goma de origen orgánico. ¡ Eran criaturas vivas! Fascinado, se acercó un paso.
—¿ Te parece que esto es seguro, Will?— preguntó Chester cogiéndolo del brazo para retenerlo.
Will se encogió de hombros mirando a su amigo, y se volvía a mirar otra vez hacia