Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Página 159
del cuello y le cerraba los ojos casi completamente—. No después del daño que ha hecho.—¿ Estás segura de eso? Las palabras de su madre se volvieron inconexas:— Joe, los styx, la policía … ¡ todo el mundo está seguro de eso!— dijo atropelladamente—. ¿ Sabes lo que sucedió?
Sarah se sintió desgarrada entre el impulso de saber más y el deseo de no alterar a su madre. Pero necesitaba averiguar la verdad:
— Los styx me dijeron que Will llevó a Tam a una trampa— dijo Sarah, apretando las manos de su madre en un gesto de consuelo. Estaban tensas y rígidas.
— Sólo para salvar su propia piel— soltó la anciana—. ¿ Cómo fue capaz de tal cosa?— Bajó la cabeza, pero mantuvo los ojos fijos en Sarah. La rabia pareció abandonarla por un instante, reemplazada por una expresión de mudo desconcierto. Por un instante Sarah se encontró más cerca de su madre de lo que podía recordar, de esa anciana bondadosa que se había pasado la vida trabajando duramente por su familia.— No lo sé— susurró Sarah—. Dicen que obligó a Cal a ir con él.—¡ Así es!— En un instante, la madre volvió a adoptar el gesto de odio y rencor, encorvando los hombros en una exhibición de rabia y arrancando sus manos de las de Sarah—. Recibimos a Will con los brazos abiertos, pero no era ya más que un odioso Ser de la Superficie.— Dio un golpe en el brazo de la butaca, apretando los dientes—. Nos engañó a todos … a todos, y Tam murió por su culpa.
— Pero no comprendo cómo … por qué le hizo eso a Tam. ¿ Por qué iba a hacer eso un hijo mío?—¡ Ya no es tu maldito hijo!— gritó la madre gimiendo y respirando agitadamente. Sarah se echó para atrás. Nunca había oído la palabra « maldito » en boca de su madre, ni una vez en toda su vida. Le dio miedo la salud de su madre, porque se encontraba en tal estado que Sarah pensó que podía ocurrirle algo si seguía tan alterada.
Después, volviendo a tranquilizarse, la anciana suplicó:— Haz lo que sea para salvar a Cal—. Se inclinó hacia delante. Las lágrimas le caían abundantemente por el rostro arrugado.
— Tienes que traerlo, ¿ lo harás, Sarah?— preguntó la madre, con voz dura como el acero—. Tienes que salvarlo. Prométemelo.
del cuello y le cerraba los ojos casi completamente—. No después del daño que ha hecho.—¿ Estás segura de eso? Las palabras de su madre se volvieron inconexas:— Joe, los styx, la policía … ¡ todo el mundo está seguro de eso!— dijo atropelladamente—. ¿ Sabes lo que sucedió?
Sarah se sintió desgarrada entre el impulso de saber más y el deseo de no alterar a su madre. Pero necesitaba averiguar la verdad:
— Los styx me dijeron que Will llevó a Tam a una trampa— dijo Sarah, apretando las manos de su madre en un gesto de consuelo. Estaban tensas y rígidas.
— Sólo para salvar su propia piel— soltó la anciana—. ¿ Cómo fue capaz de tal cosa?— Bajó la cabeza, pero mantuvo los ojos fijos en Sarah. La rabia pareció abandonarla por un instante, reemplazada por una expresión de mudo desconcierto. Por un instante Sarah se encontró más cerca de su madre de lo que podía recordar, de esa anciana bondadosa que se había pasado la vida trabajando duramente por su familia.— No lo sé— susurró Sarah—. Dicen que obligó a Cal a ir con él.—¡ Así es!— En un instante, la madre volvió a adoptar el gesto de odio y rencor, encorvando los hombros en una exhibición de rabia y arrancando sus manos de las de Sarah—. Recibimos a Will con los brazos abiertos, pero no era ya más que un odioso Ser de la Superficie.— Dio un golpe en el brazo de la butaca, apretando los dientes—. Nos engañó a todos … a todos, y Tam murió por su culpa.
— Pero no comprendo cómo … por qué le hizo eso a Tam. ¿ Por qué iba a hacer eso un hijo mío?—¡ Ya no es tu maldito hijo!— gritó la madre gimiendo y respirando agitadamente. Sarah se echó para atrás. Nunca había oído la palabra « maldito » en boca de su madre, ni una vez en toda su vida. Le dio miedo la salud de su madre, porque se encontraba en tal estado que Sarah pensó que podía ocurrirle algo si seguía tan alterada.
Después, volviendo a tranquilizarse, la anciana suplicó:— Haz lo que sea para salvar a Cal—. Se inclinó hacia delante. Las lágrimas le caían abundantemente por el rostro arrugado.
— Tienes que traerlo, ¿ lo harás, Sarah?— preguntó la madre, con voz dura como el acero—. Tienes que salvarlo. Prométemelo.