Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 158
como nos dicen?
Sarah se disponía a responder, pero de repente cerró la boca. No podía empezar a
explicarse y, además, en aquel momento las palabras no importaban para ninguna de
las dos. Estaban juntas, una al lado de la otra: eso era lo importante.
—Han pasado tantas cosas, Sarah… —dijo la anciana dudando—. Los styx se han
portado muy bien conmigo. Me han enviado a alguien todos los días para que me
ayude a ir a la iglesia a rezar por el alma de Tam. —Levantó los ojos hacia la ventana,
como si resultara demasiado doloroso mirar a Sarah—. Me dijeron que ibas a venir,
pero no me atrevía a creerles. Era demasiada alegría pensar que podía verte de nuevo,
una última vez… antes de morir.
—No digas eso, mamá. Todavía tienes unos cuantos años por delante —dijo Sarah
con suavidad, mientras agitaba las manos de su madre en gesto de suave reprimenda.
La mujer volvió la cara hacia ella, y Sarah la miró a los ojos. Resultaba desgarrador
observar el cambio producido, como si se hubiera apagado una luz dentro de ella.
Porque los ojos de su madre siempre habían tenido chispa, pero ahora resultaban
apagados y ausentes. Comprendía que el tiempo no era el único responsable; se sentía
en parte causa de aquello, y pensó que tenía que dar explicación de sus actos.
—Menuda la que he armado, ¿verdad? He roto la familia, he puesto a mis hijos en
peligro… —dijo Sarah con una voz temblorosa que empezaba a fallarle. Respiró
rápido varias veces—. Y no tengo ni idea de qué piensa mi marido… John…
—Ahora me cuida —se apresuró a decir la madre—. Como no hay nadie más…
—¡Ay, mamá! —dijo Sarah con la voz ronca y entrecortada—. Yo… yo no te
quería dejar sola… cuando me fui… Yo… lo siento tanto…
—Sarah —la interrumpió la anciana con lágrimas que le caían libremente por la
cara surcada de arrugas, mientras apretaba las manos de su hija—, no te tortures.
Hiciste lo que pensaste que tenías que hacer.
—Pero Tam… Tam ha muerto, y todavía no me lo puedo creer.
—No —dijo la anciana en voz tan baja que apenas se distinguía del crepitar de la
hoguera en la chimenea, y ladeó su rostro consternado—. Yo tampoco.
—¿Es cierto…? —Sarah se paró en mitad de la frase, dudando, y después hizo la
pregunta que temía hacer—. ¿Es cierto que Seth tuvo algo que ver?
—¡Llámalo Will, no le llames Seth! —soltó la madre volviendo la cabeza de
repente hacia ella. La reacción fue tan brusca que Sarah dio un respingo—. El no es
Seth, él ya no es tu hijo —dijo la anciana. Un acceso de rabia le tensaba los tendones