Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 156

capaz de mirar a la cara a su esposo, ni siquiera después de todo aquel tiempo. Aunque ella misma no sabía si era porque tenía miedo a que le trajera recuerdos de su hijo muerto, o bien porque no podría soportar la idea de haberle traicionado y abandonado. Seguía odiándolo, y al mismo tiempo sabía (cuando se permitía el lujo de ser brutalmente sincera consigo misma) que todavía lo amaba, a partes iguales. Al llegar a la casa con los demás, Sarah iba caminando como en un sueño. La casa estaba aparentemente igual, como si la hubiera dejado tan sólo el día anterior y los últimos doce años no hubieran tenido lugar. Sarah volvía a casa después de todo aquel tiempo de fugitiva, vivido al día, sin mañana, como una especie de animal. Se tocó la profunda herida del cuello. —Está bien, no tiene mal aspecto —dijo Rebecca apretándole la mano. Otra vez ocurría: ¡una niña styx, un retoño de la peor basura imaginable, le dirigía palabras reconfortantes! Le sujetaba la mano y actuaba como si fuera su amiga. ¿El mundo al revés? —¿Lista? —le preguntó Rebecca, y Sarah se volvió hacia la casa. La última vez que la vio, su bebé muerto estaba expuesto, en aquella habitación… Sus ojos se dirigieron al dormitorio del primer piso: el dormitorio del matrimonio, en el que ella había pasado aquella noche horrible junto a la cuna. Y allí abajo… Miró la ventana de la sala de estar y vio pasar por delante imágenes de su pasado con sus dos hijos: arreglándoles la ropa, vaciando la chimenea por la mañana, llevándole un té a su marido, que leía el periódico, y la voz profunda de su hermano Tam, como si estuviera en la habitación de al lado, riendo, mientras chocaban los vasos. ¡Ah, si al menos él estuviera vivo…! Su querido Tam… —¿Lista? —repitió Rebecca. —Sí —respondió Sarah con determinación—, estoy lista. Avanzaron lentamente por el camino de la casa, pero al llegar ante la puerta, Sarah se amilanó. —No te preocupes —le dijo Rebecca con dulzura—. Tu madre te está esperando. —Pasó por la puerta y Sarah entró en el vestíbulo detrás de ella—. Está ahí. Ve a verla. Yo me quedaré fuera. Sarah observó el conocido papel pintado de rayas verdes del que colgaban los severos retratos de los antepasados de su marido, generaciones enteras de hombres y mujeres que no habían visto nunca lo que había visto ella: el sol. Después acercó los