Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 155

constante e inmutable como la escasa luz de aquellas esferas que habían brillado las veinticuatro horas del día, semana tras semana, durante los últimos tres siglos. El coche llegó al fondo de la pendiente, y se lanzó por las calles a una velocidad vertiginosa. La gente se apartaba del camino o arrimaba a la acera a toda prisa las carretillas para que no se las llevara el coche por delante. Sarah observó que los colonos miraban el veloz carruaje con expresión de desconcierto. Los niños lo señalaban con el dedo, pero los padres tiraban hacia atrás de ellos al comprender que los que iban dentro eran styx. Nadie se quedaba mirando a los miembros de la clase dirigente. —Ya estamos —anunció Rebecca abriendo la puerta antes incluso de que el coche se detuviera del todo. Sarah reconoció la calle familiar con un sobresalto. Había llegado a casa. Pero no se había hecho a la idea, no estaba preparada para aquello. Temblorosa, se levantó para seguir a Rebecca cuando la chica saltó ágilmente del estribo a la acera. Pero le costaba salir del coche, y se demoró en la puerta. —¡Vamos! —le dijo Rebecca con amabilidad—. Ven conmigo. Le cogió la temblorosa mano y la guió hacia un rincón oscuro de la caverna. Mientras se dejaba llevar, Sarah levantó la vista hacia la inmensa bóveda de roca que se extendía sobre la ciudad subterránea. De las chimeneas subían perezosas nubes verticales de humo, como si fueran serpentinas colgadas del techo que se rizaban ligeramente con el aire fresco que salía por los enormes conductos de ventilación de la caverna. Rebecca agarraba su mano y tiraba de ella. Con bastante estrépito, otro coche de caballos llegó y se detuvo detrás del de ellos. Sarah se paró, resistiéndose al impulso de Rebecca y volviéndose para mirarlo. Distinguió a Joe Waites a través de la ventanilla. Después recobró su anterior posición para observar la fila de casas uniformes que se extendía por la calle, que se encontraba completamente vacía, algo inusual a esas horas. Empezó a sentirse cada vez más incómoda. —Me imaginé que no querrías que estuvieran todos mirándote como bobos — comentó la joven como si supiera lo que le pasaba a Sarah por la mente—. Por eso he hecho acordonar la zona. —¡Ah! —exclamó Sarah muy bajo—. Y él no está aquí, ¿o sí? —Hemos hecho exactamente lo que nos pediste. Sarah había puesto una condición allí arriba, en la excavación: sabía que no sería