Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 154

efigie de una calavera esculpida en piedra. El propósito de aquella puerta era mantener en su sitio a los habitantes de las grandes cavernas. Naturalmente, Tam había encontrado mil maneras de burlarla, saliendo por otros lugares. Para él había sido como el juego de la oca: cada vez que descubrían una de sus rutas, encontraba una alternativa para salir a la Superficie. Por supuesto, ella misma había utilizado para escapar una ruta de la que él le había hablado, a través de un túnel de ventilación. Con nostalgia, sonrió al recordar el momento en que su corpulento hermano, con sus manos de oso, le había dibujado detalladamente el intrincado mapa con tinta marrón sobre un trozo de tela del tamaño de un pequeño pañuelo. Sabía que esa ruta en concreto tenía que resultar ya impracticable, porque, con su acostumbrada eficiencia, los styx la habrían cerrado pocas horas después de que ella consiguiera llegar a la Superficie. El carruaje avanzó, moviéndose a una velocidad increíble y bajando más y más. Enseguida hubo un cambio en el aire que los envolvía: llegó hasta sus narices un olor a quemado, y todo empezó a vibrar con un ruido sordo y penetrante. El carruaje estaba pasando por las principales estaciones de ventilación. Ocultos a la vista en un enorme espacio excavado por encima de la Colonia, enormes ventiladores giraban día y noche, extrayendo el humo y renovando el aire. Olfateó, aspirando hondo. Allí arriba estaban concentrados todos los olores: el humo de las hogueras, el olor de las cocinas, el del moho, la podredumbre y la descomposición, y el hedor colectivo del enorme número de seres humanos separados en diversas zonas interconectadas, todas ellas muy grandes: lo que se respiraba allí era la esencia destilada de la vida total de la Colonia. El coche dio un giro brusco. Sarah se agarró al borde del asiento de madera para no deslizarse por su desgastada superficie e ir a caer encima del más joven de los styx, que estaba a su lado. Se iba acercando más a la Colonia. Más y más. Seguían bajando. Sarah se asomó expectante a la ventanilla. Miró hacia fuera, incapaz de contenerse ante aquel mundo en penumbra que en otro tiempo había sido su único mundo conocido. En la distancia, las casas de piedra, los talleres, las tiendas, los achaparrados lugares de culto y los grandes edificios oficiales de que se componía la Caverna Meridional tenían el mismo aspecto que cuando los había visto por última vez. No le sorprendió. La vida allí abajo era tan