Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Seite 151

dedujo que habían sido clausuradas. Una vez que emprendieron el descenso final a la Colonia, ya no había nada más que ver, así que Sarah se recostó en el respaldo del coche. Bajó la mirada hacia el regazo, incómoda. Una de las ruedas pisó algo que provocó una sacudida del carruaje, que a su vez hizo saltar de los asientos a sus ocupantes. Sarah le dirigió a Rebecca una mirada de alarma, que ésta respondió con una sonrisa tranquilizadora, al tiempo que el carruaje se enderezaba con gran estrépito. Los otros dos styx permanecieron impasibles, tal como habían estado durante todo el camino. Sarah les lanzó una furtiva mirada, y no pudo evitar un estremecimiento. Imaginadlo: Los enemigos a los que siempre había odiado mortalmente estaban a su lado, pegados a ella. Eran sus compañeros de viaje. Estaban tan cerca que los podía oler. Se preguntó por enésima vez qué era realmente lo que querían de ella. Tal vez sólo deseaban meterla en una celda en cuanto llegaran a su destino, para después desterrarla o ejecutarla. Pero si ésas eran sus intenciones, ¿para qué representar toda aquella payasada? El impulso de escapar, de echar a correr, crecía en ella de manera irreprimible. Una parte de su mente le decía a gritos que echara a correr, mientras la otra calculaba hasta dónde podría llegar. Estaba mirando la manecilla de la puerta, moviendo sin parar los dedos, cuando Rebecca alargó una mano y la colocó sobre las suyas, calmando el nerviosismo de los dedos. —Ya falta poco. Sarah intentó sonreír, y entonces, al pasar bajo la luz de una farola, notó que el mayor de los styx la estaba mirando fijamente. No tenía las pupilas del todo negras como el resto de los styx, sino que parecían tener mezcla de otro color diferente, un ligero destello de un color que no podía definir, tal vez entre rojo y marrón, que a ella le resultaba más oscuro y más hondo que el mismísimo negro. Y al notar que la miraba, Sarah se sintió sumamente incómoda, como si él conociera, por algún medio y con toda exactitud, lo que ella estaba pensando. Pero entonces él volvió a mirar por la ventanilla y no apartó los ojos de ella durante el resto del viaje, ni siquiera cuando empezó a hablar. Sólo lo hizo una vez durante todo el viaje. Su manera de hablar era la de alguien a quien los años han hecho prudente y sensato. No era el típico discurso vengativo que Sarah estaba acostumbrada a oír en boca de los styx de más edad. Parecía medir con cuidado sus palabras, como si las sopesara antes de dejarlas salir por sus finos labios.