Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 147
del canal un grupo de gente de la que sólo puedo suponer que eran colonos.
Sin lugar a dudas no eran styx, y pienso que probablemente se asustaron de
nosotros. Eran tres, que tenían un aspecto de lo más variopinto, y parecían algo
nerviosos y desconcertados. Yo no podía verlos muy bien porque la combinación de
las gafas con las esferas de luz que van puestas junto a los oculares del traje produce
un brillo que dificulta la visión.
No parecían colonos completamente adultos, así que no tengo ni idea de qué
hacían tan lejos del tren. Se quedaron mirándonos con la boca abierta, en tanto que
los dos coprolitas que iban conmigo, según su costumbre, les hicieron el mismo caso
que si no los hubieran visto. Intenté saludar al trío, pero no me respondieron. Quizá
también los hayan desterrado de la Colonia, como habrían hecho conmigo de no
haber querido venir voluntariamente al Interior.
El doctor Burrows releyó el último párrafo, y a continuación sus ojos volvieron a
empañarse mientras se ponía una vez más a soñar despierto. Se imaginó su maltrecho
diario abierto por aquella misma página en una vitrina expositora de la Biblioteca
Británica, o tal vez incluso de la Institución Smithsoniana.
«Historia —se dijo—. Estás haciendo historia».
Finalmente se puso el traje y, tras retirar a un lado aquella tapa que parecía la de
un cubo de basura, bajó utilizando la escalera tallada en la pared. Cuando salió y se
enderezó en el suelo de tierra bien rastrillada, miró a su alrededor. El sonido de su
propia respiración le retumbaba en los oídos.
Había tenido razón al pensar que se avecinaba un cambio.
Algo había ocurrido.
El asentamiento se hallaba extrañamente oscuro y completamente desierto.
En el centro del área comunal, ardía una llama solitaria y danzarina. El doctor
Burrows se dirigió hacia ella, dejando la pared a un lado y observando por encima los
espacios del techo. Los haces de luz gemelos de su traje le revelaron que todas las
trampillas de los demás habitáculos estaban abiertas. Y los coprolitas no las dejaban
abiertas nunca.
Su presentimiento había ido bien encaminado. Habían desalojado el asentamiento
mientras él dormía.
Se acercó a la luz que había en el centro. Era una lámpara de aceite colgada encima
de una mesa de obsidiana de la llamada «copo de nieve», montada en una estructura
de hierro oxidado. Como un espejo, aquella superficie negra muy pulida y moteada