Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 148

con difusas manchas blancas en forma de copos de nieve reflejaba la luz, y pudo distinguir que había algo allí, algo iluminado misteriosamente por la luz inquieta de la llama. Eran unos paquetes rectangulares primorosamente envueltos en lo que parecía papel de arroz, colocados en fila sobre la mesa. Cogió uno de ellos y lo sopesó en la mano. «Me han dejado algo de comida», se dijo. Sintiendo un inesperado acceso de cariño hacia los amables seres con los que había pasado todo aquel tiempo, levantó la mano para secarse las lágrimas que le afloraban a los ojos. Pero el guante se topó con el cristal de aquella especie de escudo bulboso que llevaba en la cabeza. —Os echaré de menos —dijo, aunque su voz temblorosa quedó reducida a un rumor a través de las espesas capas del traje. Negó rápidamente con la cabeza, dando por finalizado su arranque emotivo. Desconfiaba de esos estallidos sentimentales. Si se dejaba llevar, sabía que terminaría sintiendo remordimientos por la familia a la que había abandonado, por su esposa Celia y sus hijos, Will y Rebecca. No. La emoción era un lujo que no se podía permitir en aquellos días. Tenía un objetivo, y nada debía desviarlo de su cumplimiento. Empezó a recoger los paquetes. Al levantar el último, sujetándolos todos en las manos, vio que había entre ellos un rollo de pergamino. Se apresuró a volver a dejar los paquetes en la mesa y estiró el pergamino. Era evidentemente un mapa, trazado con líneas gruesas y puntuado por todas partes con estilizados símbolos. Giró el pergamino, primero hacia un lado, luego hacia el otro, intentando averiguar en qué punto se encontraba. Exhalando un triunfal «¡Sí!», reconoció el asentamiento donde estaba, y después pasó la yema del dedo por la línea más gruesa de todas, la que marcaba el contorno de la Llanura Grande. Desde este borde surgían unas diminutas líneas paralelas, que evidentemente indicaban los túneles por los que se salía de la Llanura Grande. Junto a su recorrido había muchos otros símbolos que no pudo comprender de inmediato. Frunció el ceño, totalmente concentrado en el mapa. Aquellas criaturas torpes y empeñadas en no llamar la atención le proporcionaban justo lo que necesitaba: le mostraban el camino. Juntó las manos y las levantó delante de la cara en señal de gratitud. «Gracias, gracias», dijo, dándole ya mil vueltas en la cabeza al viaje que tenía por delante.