Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 138

formas inmóviles. Entonces, cuando pasaron junto a ellos, pudieron ver en detalle aquella especie de caricatura de hombres, aquellos seres inflados con aspecto de larva que tenían el cuerpo redondeado y las piernas y brazos como globos. Llevaban trajes de color marfil cuya mate superficie absorbía la luz. Su cabeza era del tamaño de una pelota de playa pequeña, pero lo más llamativo de todo era que donde tendrían que estar los ojos brillaban dos luces, como dos focos. Esto tenía la consecuencia de que uno podía saber perfectamente hacia dónde miraban aquellos extraños seres. Los tres muchachos no pudieron por menos de quedarse boquiabiertos, en tanto que los coprolitas no les prestaban a ellos ni la menor atención. Dado que la presencia de los chicos en la orilla era evidente, con los focos de las lámparas que llevaban, estaba fuera de toda duda que los coprolitas los habían visto. Pero no había ningún signo de reconocimiento, ni nada que indicara que les prestaban alguna atención. En lugar de eso, los coprolitas se movían muy despacio, como el ganado al pastar, con los focos de los ojos recorriendo la barcaza como faros perezosos, sin posarse ni una vez en los chicos. Entonces, dos de aquellos extraños seres se volvieron pesadamente de manera que sus luces recorrieron los lados de estribor y babor de la barcaza. Fueron a descansar en la proa, y allí se quedaron. Pero de pronto el tercer coprolita se volvió hacia los muchachos. Se movía más rápido que sus compañeros. Con cierto apresuramiento, los haces de luz de sus ojos pasaron hacia atrás y hacia delante en dirección a ellos. Will oyó que Cal contenía un grito y luego murmuraba algo, mientras el coprolita se pasaba una de sus manos regordetas por los ojos y elevaba la otra como para decir hola, o tal vez adiós. El extraño ser balanceó de lado a lado la cabeza como si quisiera verlos mejor, sin dejar de mover los ojos hacia delante y hacia atrás, pero en dirección a los chicos. Aquella muda relación entre los muchachos y el coprolita duró poco, porque la barcaza continuó su firme y recto recorrido y se internó en las sombras. El coprolita seguía vuelto hacia ellos, pero la distancia cada vez mayor y las nubecitas de humo de la chimenea iban apagando la luz de sus ojos hasta que terminaron hundiéndose en la oscuridad. —¿No deberíamos irnos de aquí? —preguntó Chester—. ¿No darán la voz de alarma o algo parecido? Cal hizo un gesto desdeñoso. —No, nada de eso… No hacen caso de los visitantes. Son tontos… Lo único que hacen es cavar y cavar y después vender a la Colonia lo que sacan a cambio de cosas