Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 135

Había vuelto al hogar. —¿Lista? —gritó Rebecca, interrumpiendo sus pensamientos. Sarah volvió de repente la cabeza hacia los tres styx. Asintió. La chica chasqueó los dedos, y de la penumbra salió un coche de caballos cuyas ruedas de hierro traquetearon sobre los adoquines. Negros, de formas rectas, con aristas, tirados por un par de caballos de pulquérrimo color blanco, aquellos coches no eran raros en la Colonia. Se paró ante Rebecca. Los caballos piafaban y movían la cabeza, impacientes por ponerse en movimiento. El austero coche de caballos se balanceaba cada vez que entraba uno de los styx. Sarah se acercó despacio. En el pescante, al frente del coche, iba sentado un colono, un viejo tocado con un sombrero de fieltro bastante estropeado que posó en Sarah sus ojillos severos. Al pasar por delante de los caballos, percibió al instante aquella mirada severa que la inquietó. Casi por instinto se imaginó lo que pensaba el cochero. Probablemente no sabría quién era ella, pero resultaba suficiente el hecho de que fuera vestida con ropa de la Superficie y llevara una escolta de styx: ella representaba al odiado enemigo. Cuando Sarah llegó a la acera, el cochero se aclaró la garganta de manera exagerada, se inclinó para escupir, y no le alcanzó a ella por poco. Sarah se paró inmediatamente y con toda la intención pisó el escupitajo con el talón del zapato, como si aplastara un insecto. A continuación levantó la vista y le devolvió la mirada, desafiante. Se miraron a los ojos durante unos segundos. Los ojos del cochero echaban chispas, pero al final parpadeó y apartó la mirada. —Bueno, vamos allá —dijo Sarah en voz alta, subiendo al coche.