Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 134
engañarse pensar que tenía alguna alternativa, porque, aunque quisiera, no había ningún lugar adonde escapar. Le habían robado su destino y, desde el mismo momento en que había apartado la navaja del cuello, ese destino se hallaba en manos de los styx. Al menos estaba viva. ¿ Y qué era lo peor que le podían hacer? ¿ Matarla después de someterla a las más espantosas torturas? Las consecuencias serían las mismas, al final. Muerta ahora o muerta más tarde, no tenía nada que perder.
Recorrió con los ojos el cubículo del ascensor una última vez, y a continuación dio un paso hacia el oscuro interior de la cámara estanca. Tenía unos cinco metros de largo y forma oval, con profundas ondulaciones en sentido longitudinal. Utilizando las paredes para apoyarse y no caerse cuando sus pies resbalaban en los surcos de metal grasiento, se dirigió a la puerta abierta al otro extremo con creciente aprensión.
Se asomó a la salida. Oyó palabras en aquella odiosa lengua de los styx: palabras agudas, cortadas, que cesaron en cuanto los tres la vieron aparecer. La estaban esperando a poca distancia, al otro lado del gran túnel. Por lo que le permitía ver la luz que Rebecca llevaba en la mano, el túnel estaba vacío, pero contaba con una calzada de adoquines y una acera de piedra, que era donde estaban Rebecca y los styx. No había casas. Sarah reconoció de inmediato un túnel de carretera, que tal vez llevara a una de las cavernas de almacenaje que salpicaban la periferia del Barrio.
Lentamente, levantó el pie del raíl de la puerta y lo posó sobre los adoquines de la calzada, que brillaban de humedad. Después, igual de despacio, posó el otro pie, con lo que salió completamente de la cámara estanca. No podía creerse que volviera a la Colonia. Fue a dar otro paso, pero dudó. Mirando por encima del hombro, vio que la pared ascendía formando un elegante arco que debía juntarse en lo alto con la pared del lado opuesto, aunque el vértice del arco no se veía, envuelto como estaba en tinieblas. Alargó la mano para tocar la pared, junto a la puerta, y la apretó contra uno de los enormes sillares de piedra arenisca tallados con toda precisión en forma rectangular. Notó la débil oscilación de los enormes ventiladores que mantenían el aire en circulación, a lo largo de los túneles. Tan diferente de las vibraciones que se apreciaban en la Superficie, tenía un ritmo constante y le hizo sentirse cómoda, como si fueran las pulsaciones del corazón materno.
Aspiró hondo hasta llenarse los pulmones. Aquel olor, aquella característica sensación de humedad y moho, era como la destilación de la vida de todos los habitantes del Barrio y de la Colonia entera. Algo tan claro, tan particular, y que hacía tanto tiempo que no percibía.
engañarse pensar que tenía alguna alternativa, porque, aunque quisiera, no había ningún lugar adonde escapar. Le habían robado su destino y, desde el mismo momento en que había apartado la navaja del cuello, ese destino se hallaba en manos de los styx. Al menos estaba viva. ¿ Y qué era lo peor que le podían hacer? ¿ Matarla después de someterla a las más espantosas torturas? Las consecuencias serían las mismas, al final. Muerta ahora o muerta más tarde, no tenía nada que perder.
Recorrió con los ojos el cubículo del ascensor una última vez, y a continuación dio un paso hacia el oscuro interior de la cámara estanca. Tenía unos cinco metros de largo y forma oval, con profundas ondulaciones en sentido longitudinal. Utilizando las paredes para apoyarse y no caerse cuando sus pies resbalaban en los surcos de metal grasiento, se dirigió a la puerta abierta al otro extremo con creciente aprensión.
Se asomó a la salida. Oyó palabras en aquella odiosa lengua de los styx: palabras agudas, cortadas, que cesaron en cuanto los tres la vieron aparecer. La estaban esperando a poca distancia, al otro lado del gran túnel. Por lo que le permitía ver la luz que Rebecca llevaba en la mano, el túnel estaba vacío, pero contaba con una calzada de adoquines y una acera de piedra, que era donde estaban Rebecca y los styx. No había casas. Sarah reconoció de inmediato un túnel de carretera, que tal vez llevara a una de las cavernas de almacenaje que salpicaban la periferia del Barrio.
Lentamente, levantó el pie del raíl de la puerta y lo posó sobre los adoquines de la calzada, que brillaban de humedad. Después, igual de despacio, posó el otro pie, con lo que salió completamente de la cámara estanca. No podía creerse que volviera a la Colonia. Fue a dar otro paso, pero dudó. Mirando por encima del hombro, vio que la pared ascendía formando un elegante arco que debía juntarse en lo alto con la pared del lado opuesto, aunque el vértice del arco no se veía, envuelto como estaba en tinieblas. Alargó la mano para tocar la pared, junto a la puerta, y la apretó contra uno de los enormes sillares de piedra arenisca tallados con toda precisión en forma rectangular. Notó la débil oscilación de los enormes ventiladores que mantenían el aire en circulación, a lo largo de los túneles. Tan diferente de las vibraciones que se apreciaban en la Superficie, tenía un ritmo constante y le hizo sentirse cómoda, como si fueran las pulsaciones del corazón materno.
Aspiró hondo hasta llenarse los pulmones. Aquel olor, aquella característica sensación de humedad y moho, era como la destilación de la vida de todos los habitantes del Barrio y de la Colonia entera. Algo tan claro, tan particular, y que hacía tanto tiempo que no percibía.