Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 131
los tuvieron que llevar al hospital, pero él como si nada, no se arrepintió ni un
poquito.
Sarah siguió callada, asimilando lo que acababa de escuchar.
—No, ni te imaginas de lo que era capaz —dijo Rebecca en voz baja—. Su madre
adoptiva sabía que él necesitaba ayuda, pero es demasiado vaga para hacer algo al
respecto. —La chica se pasó la mano por la frente como si los recuerdos le produjeran
dolor—. Tal vez… tal vez la señora Burrows haya sido el motivo de que él sea así. La
menospreciaba.
—Y tú… ¿para qué estabas allí? ¿Para vigilarlo a él… o para atraparme a mí?
—Para ambas cosas —respondió Rebecca con calma, girando la cintura para mirar
a Sarah fijamente—. Pero lo más importante era recuperarte. Los Gobernadores
querían que pararas. Ha sido malo para la Colonia eso de no tenerte localizada. Un
cabo suelto. Hacía feo.
—Y tú has conseguido atar el cabo, ¿no? Me has localizado y has conseguido
incluso atraparme viva; estarán contentos contigo.
—No es exactamente así. Además, has vuelto por decisión propia. —No había
nada en las maneras de Rebecca que sugiriera que se estaba vanagloriando de su éxito.
De nuevo, volvió a mirar hacia la puerta. De vez en cuando llegaba el destello de la
intensa iluminación de las entradas a los distintos niveles, que se reflejaba en el brillo
de su pelo azabache.
Tras una pausa, volvió a hablar:
—Ha tenido que ser duro sobrevivir todo este tiempo, siempre un paso por
delante de nosotros y codeándote todos los días con los infieles. —Se quedó unos
segundos callada—. Tiene que haberte resultado penoso estar apartada de todo lo que
era tu mundo.
—Sí, a veces —contestó Sarah—. Dicen que la libertad tiene su precio. —Sabía
que no debería abrirse a aquella niña styx, pero le inspiraba respeto y cierta envidia.
Por ella, Rebecca había sido enviada a aquel lugar ajeno que era la Superficie. Y a una
edad muy temprana. Casi la totalidad de la vida de la niña había transcurrido allí, en la
Superficie, en casa de los Burrows. Decir que las dos tenían algo en común era
quedarse corto—. ¿Y qué me dices de ti? —le preguntó Sarah—. ¿Cómo te ha ido?
—Para mí la cosa es muy distinta —respondió Rebecca—. Vivir en el exilio ha
sido mi deber. Ha sido una especie de juego, pero durante todos estos años nunca
olvidé cuáles eran mis obligaciones.