Tuneles Roderick Gordon 2 Profundidades | Page 128
suelo del ruidoso cubículo y se mostraba claramente impaciente por llegar abajo.
«Ahora podría encargarme de ella». Esta idea se abrió paso en la mente de Sarah.
Como la niña styx no llevaba a su escolta con ella, no había nadie que la pudiera
detener. La idea adquirió fuerza, y Sarah era consciente de que, de actuar, tenía que
hacerlo rápido, porque no disponía de mucho tiempo antes de que el ascensor
alcanzara su destino.
Seguía teniendo la navaja en el bolso. Por algún motivo, los styx no se la habían
quitado. «No, demasiado arriesgado. Mucho mejor un golpe en la cabeza». Cerró los
puños y los volvió a abrir.
«¡No!»
Sarah se refrenó. Permitirla montar a solas en el ascensor con la niña era una
demostración de la confianza que los styx depositaban en ella. Y todo cuanto le habían
dicho encajaba, todo tenía tintes de verosimilitud, de manera que había decidido
ponerse de su parte. Intentó volver a tranquilizarse respirando hondo varias veces. Se
llevó la mano al cuello, palpándose la hinchazón que se había producido alrededor de
la herida que ella misma se había infligido.
Había faltado muy poco: había empezado a apretar la navaja contra su yugular con
la desesperada intención de hundirla hasta la empuñadura. Pero debido a la presencia
de Joe Waites, que gritaba e imploraba como un loco, su mano no había llegado a
apretar. Y eso que estaba preparada para hacerlo. Sarah había vivido con la certeza de
que tarde o temprano los styx darían con ella, y en mil ocasiones, de una u otra forma,
había ensayado su suicidio.
Con la navaja levantada y la cámara llena de styx y de colonos alineados delante
de las paredes, Sarah había prestado atención a lo que tenían que decirle Joe y
Rebecca, diciéndose a sí misma que unos segundos no tenían importancia alguna para
alguien que ya estaba muerto.
Y, precisamente por estar ya muerta, ella no tenía nada que perder. Le había
parecido inevitable. Lo que le contaban confirmaba el contenido de la carta que había
leído, y todo ello tenía visos de verdad. Al fin y al cabo, los styx podían haberla
ejecutado allí mismo, en la excavación. ¿Por qué, en vez de hacerlo, se tomaban tantas
molestias por salvarla?
Rebecca le había explicado lo ocurrido el trágico día en que Tam había muerto. Le
había contado que la Ciudad Eterna estaba envuelta en una niebla impenetrable, y que
el malvado Will había lanzado fuegos artificiales para atraer a los soldados styx. En